sábado, 24 de octubre de 2026

EL MATAMOSCAS

Mike Jansen

 

El olor a mosca electrocutada seguía colándose obstinadamente en mis fosas nasales. Repugnante. Peor aún era el zumbido penetrante y omnipresente. Ya no podía pegar un ojo y la falta de sueño me estaba destrozando. Aparté la cortina cubierta de excrementos de mosca y vi la multitud que se agitaba en la entrada de mi casa.

Faltaba poco, lo presentía. ¿Cómo había empezado todo?

Había comprado uno de esos matamoscas a pilas. Muy práctico. Un toque y caen. Mi casa está… bastante castigada por el uso, digamos. Hay rendijas por las que pueden entrar. Cuando regresaba del trabajo por la tarde, lo primero que hacía era dar una ronda matando moscas, lleno de un placer morboso. Después preparaba la cena y me sentaba frente al televisor.

Cada día preparaba la comida más tarde. Hordas de moscas entraban en mi casa y empezaban a perturbar mis veladas cada vez más temprano. Se reunían sobre la pantalla encendida, como si me desafiaran y se burlaran de mí. Juro que formaban palabras en la pantalla. Fracasado. Asesino. Sádico. Odiaba el olor de sus cuerpos electrocutados.

La situación continuaba día tras día, en la calle, en el trabajo, en el automóvil. Incluso cuando dormía, interrumpían brutalmente mis sueños. Mi matamoscas eléctrico trabajaba sin descanso. Así que compré otro. Me gastaba una fortuna en pilas.

Vi mi primera mosca gigante en el supermercado. La criatura iba sentada en uno de esos carritos para niños, zumbando y armando un gran alboroto, con sus patitas provistas de garras ensuciándolo todo y su larga trompa depositando el contenido del estómago sobre la fruta de la sección de productos frescos.

Las personas que la rodeaban no le prestaban atención. Incluso le sonreían a aquel bicho asqueroso. Inconcebible.

—Repugnante, ¿verdad, señor Jansen? —dijo la señora mayor que estaba a mi lado, frente al estante de los lácteos. Era la vecina del final de la calle—. Dejan que esos niños lo toquen todo.

—¿Niños? —Volví a mirar. Se me heló el corazón. Los ojos compuestos del animal me devolvieron la mirada—. ¿Entonces también hay adultos?

La vecina señaló con la cabeza hacia el otro lado del expositor de frutas. ¿Cómo no los había visto? Gigantescos, por lo menos de mi estatura, con cuerpos relucientes de un verde dorado y mandíbulas peludas que masticaban sin cesar. Su zumbido me despertó una repulsión y un miedo ancestrales. Salí apresuradamente del supermercado y me atrincheré en mi casa tan rápido como pude.

Aparecieron más. Las veía caminar por la calle, zumbándose unas a otras. A algunas las seguían enormes larvas blancas que se retorcían.

Ahora sí que no pegaba un ojo. Dormir poco también tiene ventajas: sobra tiempo para pensar. Pronto supe lo que debía hacer. Gasté mis ahorros en kilómetros de alambre de cobre. Llené el sótano de estanterías metálicas en las que instalé cientos de baterías conectadas en serie. Las lámparas ultravioletas para insectos iluminaban el recinto con un resplandor fantasmal y emitían pequeños chasquidos a intervalos regulares que me sonaban a música.

Trabajaba día y noche en mi matamoscas especial. Gruesas barras de metal con empuñaduras de goma, conectadas cada una a un cable de cobre de cien metros. Cubrí de alambre de cobre el jardín, la entrada, el paso trasero, todo, bien oculto bajo la arena y la tierra, aislado hasta que se alcanzara la tensión suficiente. Tesla se habría sentido orgulloso de mí.

Ignoraba las llamadas del trabajo. La última vez que atendí, oí por el auricular aquel conocido zumbido penetrante. También habían llegado allí.

Sabía perfectamente que las moscas gigantes no existían. ¡No estaba loco! Pero, con todos esos pesticidas extraños de hoy y esas centrales nucleares con fugas, ¿quién sabe qué mutaciones podían producirse? Además, los demás también las veían, ¿no? ¿Y la vecina?

Aquella mañana vi a varias de las grandes al comienzo de la entrada. Señalaban mi casa. Poco después llegaron otras, que también gesticulaban agitadamente con las patas.

Ahora que me habían descubierto, empecé a prepararme. Me puse la armadura de goma y las gruesas botas de goma hasta las ingles. Del pecho me colgaba la caja de interruptores que activaba distintos sectores de mis defensas. El casco oscuro completaba el equipo.

Algunas se acercaron a mi casa. Entreabrí la puerta. Sus zumbidos eran incomprensibles, aunque por un momento creí distinguir palabras, una petición, un llamado a que me rindiera. Solté una risa desdeñosa y cerré de golpe. Moscas de porquería. No eran de fiar.

Se reunieron en una masa bulliciosa en la calle, justo después de la entrada. Había ambulancias y patrullas de policía. No veía personas por ninguna parte, solo moscas. Desde todas las ventanas las veía apostadas en el límite de mi propiedad, como si esperaran una señal.

 

Ya vienen… ¿No las oyen gritar? Pero les tengo una sorpresa, a grandes y pequeñas. Salgo con los electrodos de varios metros de largo en las manos.

Con relámpagos que brotan de mis manos y descargas que recorren el suelo, derribo a esa chusma de moscas.

Arden y se retuercen, y por primera vez me agrada el olor de su muerte.

Como si estuviera asando un filete de cerdo.

Me da hambre.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

 

EL RETORNADO

Franco Ricciardiello

 

El cielo sobre el puerto tenía el color enfermizo del lomo de un pez muerto. Antes de salir de la estación del metro conté con los dedos. Era el noveno día consecutivo de lluvia y la estación apenas había comenzado. Abrí el paraguas, me metí bajo el brazo el viejo maletín, todo descascarado, apretándolo con fuerza y rogando una vez más que la humedad no atravesara las capas de plástico con las que había envuelto el volumen del siglo XVI.

El maletín me hizo pensar en mi exmarido, Iván, quien, además de renunciar a nuestro matrimonio, había dejado la universidad y partido en una misión arqueológica a las Orcadas. En el norte de Escocia, la temperatura media era más o menos la que teníamos aquí, en la Riviera, cuando mis padres eran jóvenes. Seguí por la acera, procurando mantenerme bajo los balcones de los edificios, y se me escapó una carcajada tan fuerte que un transeúnte se detuvo a mirarme. No había podido contenerme. Me había bastado pensar que mi vida con Iván era más gris que el cielo de aquel momento.

Abrí la puerta exterior del edificio; todavía no habían instalado una cerradura de huella digital. Entré jadeando en el vestíbulo y el maletín estuvo a punto de resbalárseme de la mano mientras cerraba el paraguas. Me recompuse y me dirigí hacia la escalera de la izquierda. En el patio, la lluvia repiqueteaba como uñas sobre un plato de metal, al otro lado de la vidriera art nouveau que era el orgullo del edificio, o al menos el primer detalle que los agentes inmobiliarios mostraban a los posibles inquilinos.

A través de un árbol de vidrio teñido de verde y rosa, distinguí una figura en el patio. Llamé al ascensor, que se deslizaba por una jaula de hierro forjado que quizá tuviera cien años. En la cabina había incluso un asiento plegable.

Miré el patio al otro lado de la vidriera. La persona parecía inmóvil. Me acerqué a la ventana de la escalera. Un hombre de cabello blanco estaba de pie junto a la estatua de mármol de Venus, toda rayada y salpicada de musgo, bajo el agua torrencial, con la única protección de un impermeable azul que brillaba por la lluvia. Tenía el rostro alzado y los ojos cerrados. No me pareció uno de los inquilinos, aunque tampoco los conocía a todos de vista. Había unos veinte departamentos en las dos alas del edificio y, al fondo, más allá de la estatua y de la vieja fuente de piedra, estaba la puerta de un segundo edificio cuya fachada daba a otra calle. El patio era compartido.

La cabina del ascensor llegó con un sonoro clac que evocaba hierro y aceite mineral. Seguí mirando al hombre. ¿Se sentiría mal? Debía de estar empapado hasta los huesos. Probablemente me oyó abrir la puerta vidriada, porque se volvió hacia mí, con hilos de agua que le bajaban por los mechones mojados. Fui a su encuentro, abriendo de nuevo el paraguas, con el maletín apretado bajo el brazo.

—¿Quiere contraer una neumonía? —dije—. Venga conmigo.

Me siguió hasta el resguardo de la escalera, donde el agua que le escurría de los hombros formó un charco frente a la puerta del ascensor. Observé, perpleja, el impermeable, que parecía de goma, y apoyé una mano sobre él: estaba seco, como si el hombre hubiera paseado al aire libre en un día despejado.

—¿Dónde vive? ¿En qué piso?

Me tomé la libertad de apartarle de los ojos los mechones empapados. Parpadeó y me sonrió. Tenía un aire vagamente exótico, como una mezcla de orígenes muy distantes entre sí. ¿Un inmigrante?

Por supuesto, no tenía nada en contra. Cada vez más propiedades de nuestras manzanas pasaban a manos de extranjeros que por fin habían logrado una buena posición, después de años y años de residencia. Muchos se sentían en casa en aquellos edificios algo deteriorados, con balcones que desde la ladera de la colina daban directamente al mar, más allá del cual podían imaginar sus países de origen.

—¿Es usted el inquilino del octavo? —pregunté—. ¿El piso de la buhardilla?

Se me había ocurrido que podía ser él. El cartel de Se alquila, que llevaba meses junto a la entrada, había desaparecido de un día para otro, quizá dos semanas antes.

—Suba, lo acompaño.

Lo empujé hacia el ascensor, entorpecida por el paraguas y el maletín. Habría querido tener tres brazos. Lo hice sentarse en el asiento plegable. Parecía desorientado. Debía de tener más de sesenta años. Medía casi un metro noventa, estaba cuidadosamente afeitado y llevaba el cabello hasta los hombros. Subimos al octavo, pero se quedó inmóvil en el descansillo. Me permití meterle las manos en los bolsillos del impermeable para buscar las llaves y saqué una especie de linterna de un palmo de largo, de aspecto muy tecnológico y costoso. Debía de pesar al menos un par de kilos, como si fuera de metal macizo. La devolví a su sitio porque había visto el sensor de huellas en la puerta del departamento.

—Vamos, deme la mano…

Le presioné el índice, luego el pulgar y después los otros tres dedos contra el disco irisado. Nada. No era su casa. Advertí que, bajo el impermeable, la ropa estaba completamente empapada, desde el cuello de la elegante camisa hasta el bajo de los pantalones. Tenía helada la piel de las manos y su rostro parecía ahora desprovisto de color.

—Jesús mío…

Bajamos al séptimo piso, abrí la puerta de mi casa y lo hice entrar. Lo llevé hasta el baño y le mostré cómo se usaba el grifo monomando.

—Ahora se dará una ducha caliente, mejor dicho, hirviendo, mientras yo preparo un té hirviendo. Disculpe la repetición, pero no encuentro otra palabra.

Lo dejé en el baño, cerré la puerta y me apresuré a sacar el volumen antiguo del maletín y desenvolver el plástico. No parecía húmedo. Lo dejé sobre la mesa del salón que usaba como taller, junto al escáner. ¿Me quedaría alguna prenda de Iván, de las que había dejado cuando presentó su renuncia a mi vida? Claro, había veinte centímetros de diferencia de estatura, pero quizá un suéter pudiera servirme.

Llamé a la puerta de vidrio del baño.

—¿Puedo entrar?

Me quedé con la boca abierta. Ya se había lavado y vestido, con prendas que yo no le había dado y que no me parecía que llevara consigo, porque la camisa y los pantalones estaban tirados en el suelo, formando un montículo húmedo y poco atractivo. Todavía tenía el cabello mojado, pero empezaba a levantársele en una masa rizada, entre blanca y gris. Confundida, guardé el suéter de Iván.

Me siguió a la cocina, mirando a su alrededor con interés. Me pregunté si sería peligroso. A pesar de su edad, parecía robusto y musculoso. Por si acaso, me metí rápidamente el aerosol de pimienta en el bolsillo y le llené de té la taza hasta el borde.

—¿Wūlóng? —dijo, aspirando el aroma. Tenía la voz apenas ronca y un acento indefinible.

—¿Cómo? Ah, sí, es té oolong. ¿Se siente mejor? ¿Podemos llamar a alguien?

Sonrió con condescendencia, como si yo hubiera dicho algo gracioso. Miró a su alrededor.

—¿Dónde está mi ***?

Utilizó una palabra que nunca había oído, pero comprendí que se refería al impermeable. Lo acompañé al salón, que también usaba como taller. Pareció aliviado al ver que lo había dejado sobre el sofá. Tenía el blanco de los ojos inyectado en sangre.

—¿Se siente bien? ¿Tiene el número de algún familiar o amigo al que podamos llamar?

Cerró los ojos e inspiró profundamente.

—¿Le molesta si me recuesto a descansar unos minutos?

Se durmió casi al instante, con la cabeza sobre un apoyabrazos y los pies sobre el otro, de tan alto que era, pero antes dobló cuidadosamente el impermeable y lo dejó junto a él. Lo miré, perpleja. Seguía lloviendo.

Tenía que trabajar. Abrí con precaución el libro antiguo y lo acomodé en el soporte del escáner. Lo abrí sin forzarlo: el programa corregiría la curvatura de las páginas. Iba retrasada con respecto al cronograma del día, de modo que me puse a trabajar con empeño, de dos páginas en dos, usando guantes. Hasta me olvidé de la presencia del hombre en mi sofá, hasta que vi en la pantalla del escáner que era hora de almorzar.

En ese momento, el hombre dejó escapar un gemido mientras dormía, como si estuviera soñando, y la comprensión me atravesó como una descarga.

No era un vecino, no era un inmigrante. ¿Cómo no lo había comprendido de inmediato? Allí, delante de mí, en el salón-taller de mi casa, había un Retornado.

 

Casi había terminado de pasar, una tras otra, las páginas del gran volumen bajo la lente del escáner cuando oí sonar el timbre de la entrada.

Me puse de pie de un salto. El Retornado abrió los ojos, pero no dijo nada. Fui a responder al intercomunicador.

—Séptimo piso.

Cuando oí el clac del ascensor, abrí la puerta. Ya había pagado por internet con la tarjeta de crédito, pero le puse en la mano al repartidor una moneda de un euro y regresé al salón con la bolsa de papel del restaurante.

—Hypnerotomachia Poliphili —dijo el hombre.

—¿Qué ha dicho? —Miré incrédula el grueso volumen bajo el objetivo del escáner, la xilografía de página entera que mostraba a un grupo de mujeres con aquellos vestidos que, durante el Renacimiento, imaginaban que se usaban en la Roma clásica.

—¿Ha reconocido el libro? ¿Entiende del tema?

Y entonces sentí un escalofrío en la nuca. Mientras yo estaba en la puerta, él no se había levantado. ¿Cómo podía saber que el libro de la mesa era la Hypnerotomachia?

Casi como si me hubiera leído el pensamiento, el hombre mostró por un instante el objeto que yo había encontrado en su impermeable y luego volvió a guardárselo en el bolsillo. ¿Se suponía que eso lo explicaba todo? No. No explicaba cómo había podido reconocer la edición del siglo XVI de Bembo que yo debía reproducir. Recordé que ya había sucedido antes con el té, cuando había mencionado el nombre exacto de la variedad.

—¿Cómo se siente? —pregunté con cautela, dejando la bolsa sobre la mesa de trabajo.

Por supuesto, ya no tenía sentido preguntarle si quería hacer una llamada. Era un Retornado. Se incorporó hasta quedar sentado y miró por la ventana. Seguía lloviendo.

—Supongo que debo darle las gracias —dijo con aquel acento singular. Luego recogió el impermeable del sofá—. Lamento la molestia. Me voy enseguida.

—¡Espere! He pedido algo de comer al bistró de la esquina. Imagino que tendrá hambre.

Levanté la bolsa: estaba llena de cajas rectangulares de cartón para alimentos, cerradas con un pequeño adhesivo en forma de hoja verde y dorada.

—Es vegetariano, ¿verdad?

Parpadeó rápidamente, como si no reconociera la palabra.

—Ah, sí, por supuesto —respondió luego.

—He oído que todos ustedes, los Retornados, son vegetarianos. —Y apenas lo dije, me mordí la lengua.

—¿Así nos llaman? ¿Retornados?

Me aclaré la garganta. La reina de las Meteduras de Pata, me llamaba mamá cuando yo era adolescente.

—¿Cómo debería llamarlo?

—Soy Diocleciano.

—Serena.

Le tendí la mano. Me la estrechó con una sonrisa, como quien se somete a una ceremonia olvidada, a un rito de la infancia.

Me abracé a mí misma. No quería que se fuera. ¿Cuándo volvería a encontrar a otro Retornado desorientado en el patio? Señalé la mesa del escáner.

—Ese es mi trabajo. Reproducción del patrimonio literario. En realidad, ya se ha hecho antes, también con la Hypnerotomachia, pero esta editorial apuesta por la calidad, etcétera, etcétera.

Escuchaba cada palabra como si la bebiera, sin apartar los ojos de mis labios, hasta el punto de que habría imaginado que me leía los labios. Estaba de pie y sostenía el impermeable, indeciso sobre si despedirse.

—Pero ¿cómo supo en qué estoy trabajando?

—El poliviteum —respondió.

¿Poliviteum? Sin embargo, era fácil comprender que hablaba de aquel objeto de alta tecnología que llevaba en el bolsillo. ¿Cómo podía aquella cosa permitirle ver, saber?

En la cocina, saqué el contenido de la bolsa y llené dos o tres platos. Había verduras con sésamo, tofu picante y galletas secas endulzadas con caramelo. Diocleciano sonrió y se sentó frente a mí. Para beber solo quiso agua; es más, antes de llevársela a los labios sacó del bolsillo el objeto de siempre, su poliviteum, lo pasó brevemente junto al vaso y luego bebió con deleite, a sorbos, como si degustara un vino.

No es que se supiera mucho de los Retornados. Las primeras apariciones habían sido noticia, sí: hombres y mujeres que parecían surgir de la nada en el escenario de un teatro, en medio del parterre que separaba los carriles de una vía rápida, en la sala de lectura de una biblioteca; evidentemente, también en un patio bajo la lluvia. Había habido un atisbo de debate público, intervenciones de los habituales profetas a quienes nadie escucha, y la cuestión había llegado hasta el Parlamento.

Diocleciano ya había terminado su plato y yo todavía no había tomado el tenedor. Se echó hacia atrás, contra el respaldo, y me miró.

—¿Qué hará ahora? —pregunté—. Usted no es… no era de aquí, ¿verdad?

—¿De aquí? —Por un momento temí que se echara a reír—. No, no, el Retorno es aleatorio e imprevisible.

—¿Tienen alguna organización que los ayude? ¿Ya sabe adónde ir?

Negó con la cabeza.

—Es un viaje de ida. Un salto a ciegas. No se puede volver allá a contar cómo están las cosas. Solo lo descubrimos al llegar.

Me mostró el poliviteum. Claro, debería haberlo imaginado.

—Eso… puede comunicarse directamente con su pensamiento, ¿verdad?

—Desde el primer instante de mi llegada.

Por eso lo sabía todo sin ver, sin preguntar. Me pregunté si los Retornados todavía se comunicarían entre sí en voz alta.

—Si lo hubiera sabido antes, ¿habría venido de todos modos?

—¿Qué alternativa tenemos? Cualquiera que disponga de los medios decide Retornar.

Escuchamos la lluvia durante unos minutos. Aparté mi plato; ya no tenía hambre. Puse la tetera al fuego.

—¿Un té antes de irse?

Aceptó.

—¿Cuándo será? —pregunté.

Pareció no comprender, de modo que tuve que añadir:

—¿Cuándo debo esperarlo? ¿Durante mi vida? ¿Durante la de mis hijos, si es que alguna vez los tengo? ¿Veré crecer a mis nietos?

Hizo un gesto vago y dijo:

—No será un apocalipsis repentino. Más bien como una vela que se apaga. Cuando elegí Retornar, todavía quedaban más de mil millones de seres humanos, aunque muy pocos eran lo bastante ricos como para permitirse escapar.

Los primeros Retornados habían causado sensación, sí: había habido entrevistas y giras de conferencias, incluso cierto movimiento de opinión. Pero pronto había prevalecido una especie de negación colectiva. Algo demasiado grande para afrontarlo; los mecanismos de decisión, demasiado engorrosos. Como siempre, habían aparecido negacionistas, nihilistas, adictos a las teorías conspirativas. Sobrevino una especie de minimización. Era demasiado tarde, habíamos ido demasiado lejos; la masa inercial lanzada hacia el futuro no podía detenerse, salvo mediante un largo conflicto de resultado incierto.

—Es mejor no saber demasiado, créame. Por eso volvemos aquí. Sin ninguna ambición de traerles una advertencia, un aviso; solo queremos vivir hasta el final de nuestros días.

Se puso de pie, guardó el poliviteum en el bolsillo del impermeable de material hidrófugo, al que dio la vuelta y extendió sobre la mesa. En la parte interior de la espalda había una especie de bolsillo ancho y horizontal. Lo abrió rozando el cierre con un dedo, lo que provocó una tenue luminiscencia azulada.

—Quiero hacerle un regalo antes de irme —dijo—. Ha sido amable conmigo. Si hubiera más gente como usted, nunca habríamos llegado a ese punto.

Tenía ganas de llorar.

—Pero ¿adónde irá? ¿Cómo se mantendrá?

Hundió todo el antebrazo en el bolsillo del impermeable, como si el espacio interior fuera mucho, muchísimo mayor de lo que parecía desde fuera. De ahí había sacado la ropa de recambio. De niña leía historietas: Eega Beeva tenía en los pantalones cortos unos bolsillos de capacidad prácticamente infinita. El Retornado sacó, uno tras otro, cuatro lingotitos de oro del largo de un dedo; llevaban grabado el peso: 500 g.

—Ahí dentro tengo toda una reserva. La acumulé durante veinte años en previsión de esto.

Luego sacó otro objeto que parecía la esfera de un reloj o un podómetro; en la parte superior tenía un pequeño cristal donde apoyar un dedo para registrar la huella.

—He comprendido que me servirá de muy poco, como imagino que tampoco les habrá servido a mis predecesores. Es suyo; le aconsejo que no abuse de él. Ya sabe que no puede hacer nada al respecto. Lo que ha ocurrido tiene que ocurrir.

Y así se fue. Se fue y nunca volví a verlo. En cambio, he visto lo que contiene su regalo. He visto y veo. Basta con apoyar el dedo durante unos segundos para que empiece a transmitir imágenes a mi mente.

Veo ciudades desiertas y corroídas por el sol, rascacielos altísimos con todas las ventanas destrozadas y una vegetación raquítica y venenosa que invade las calles de asfalto agrietado. Veo poblaciones desplazarse de una tierra a otra a medida que se agotan las reservas de agua. Veo ciudades costeras sumergidas por las mareas y el nivel de los océanos que sigue subiendo. Veo a la gente observar el horizonte con la esperanza de que las nubes lleguen hasta ella. Veo ciudades construidas bajo tierra, campos cultivados bajo la vigilancia de una milicia, cementerios de automóviles devorados por el óxido, cementerios de camiones devorados por el óxido, cementerios de huesos roídos por perros macilentos. Veo una nave espacial de la esperanza, con mil hombres y mil mujeres, partir hacia otros sistemas estelares sin volver a dar noticias. Veo barcos que regresan del mar con las redes llenas de peces muertos. Veo niños morir de hambre, muros de alambre de púas, migraciones hacia el norte, pueblos que llaman a dios con nombres distintos y que se exterminan por eso. Veo cohetes disparados para disolver las nubes, intentos de reforestación que acaban en arena, agricultores suicidas colgados de árboles frutales muertos. Guerras, abusos, epidemias.

Y veo, por último, la máquina del tiempo, cuánta energía consume y cuánto cuesta escapar hacia atrás, cuánto cuesta Retornar.

He visto y todavía veo, de vez en cuando. Cuando vuelvo a casa después de un día de lluvia, cuando no quiero escuchar las noticias de la cadena, apoyo el dedo en el regalo del Retornado y miro.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

 

EL SILENCIO

Alejandro Aguilar R.

 

Dice Gaedi, voz de la selva:

 

¡Ay destino del hombre! ¿Qué pasaría con tu mente si volvieras a la selva? Allá donde impera el silencio, donde florece el silencio, donde habita el silencio. ¿Que cuál silencio si todo es ruido, me preguntas? Hombre, no confundas la voz de los insectos o el canto de las aves del entorno con el ruido, tu ruido, palabra estridente, porque en realidad toda voz de la selva sigue siendo parte del silencio, porque silencio no es ausencia sonora, sino el manto y fuente de Dios, su existencia. Y no confundas a Dios con religión, aunque religar tu corazón con la creación sea un noble acto, rito tan fácilmente pervertible, porque Dios es el vientre del que brotas, es el seno que alimenta y los brazos que se extienden en todo lo que nos rodea, de principio a fin, de lo visible e invisible. Dime hombre moderno, ¿qué harías en la selva si aquí volvieras? ¿Te pudieras imaginar el despertar de la conciencia de tu hombre-ancestro en la jungla llena de energía? Y allí donde corre energía, bien sabes, existe tanto la fuerza que depreda como la fuerza que es presa, un peligroso juego de cacería entre la vida y la muerte, por lo que sin duda pensarías natural decir: ¡ah sí, por eso es mejor que usemos la razón! ¡Es mejor que evitemos el frío y el calor, hay que construir casas, calles, trabajos! ¡Hombre moderno, desde el momento de tu despertar comenzó el tránsito de tu ancestralidad a la modernidad, en ese afán de protegerte de los elementos y donde irremediablemente quedaste aislado en un mundo construido solo para ti, lleno de rutinas y pesares! ¡Ah, pero seguro me dirás en tu defensa: pero el jaguar también sigue su rutina, el oso sigue sus ciclos y el salmón regresa cada año puntual aguas arriba! ¿Por qué yo no podría vivir a mi manera? Y tendrías razón pero no sentido, hombre moderno, porque entre la selva y tú existe una enorme diferencia: nosotros no nos anclamos, habitamos el bosque o la selva o el mar o los ríos, en un estado de fluidez. Tú te amarras al muelle para no extraviar tu barca con la marea, tú trazas en mapas los escollos que emergen de la mar para evitarlos, porque verdad es que son peligrosos para navegar, pero ¿cuándo has visto que una foca se estrelle contra el archipiélago? ¿Cuándo has visto al león aventarse al volcán como aquel filósofo vanidoso? ¿Cuándo has visto el pez vela, aventurarse en la playa o al oso querer ser salmón? ¿Por qué el escollo o la noche se volvieron peligrosos para ti pero no lo son para los peces o los monos? Ninguno de tus hermanos animales regala su vida, es cierto, pero tampoco ninguno la condiciona. Tu despertar en el mundo se volvió ansiedad y de la ansiedad nació tu orden, tu vigilia, tu destreza material, pero también tu violencia orientada hacia el exterior. Y asustado te juraste: ¡yo seré el cazador! Y desde entonces te dedicas a moldear el mundo con tu hacha y tu arco, a subyugarlo y subyugarte y luego extrañado en tu modernidad dices: ¡ay pero por qué me siento tan mal! ¿Por qué hay tanta maldad en el mundo? Acércate otra vez a la jungla para conocer la verdad y ahí cuando el silencio apacigüe tus ansias, cuando el silencio enfríe tu mente y aprendas que tu intelecto no es tan diferente a tus pies, que tu cabeza puede descansar y quedarse quieta, allí es donde encontrarás la verdad. ¿Que qué es la verdad, preguntas desasosegado? Y la selva te dirá: nada, lo que es y ya. La verdad no tiene no tiene color, no tiene forma, ni tiene sabor, ni tiene nombre, pero la puedes sentir, te puedes bañar en ella, te puedes nutrir de ella y sin darte cuenta un día cuando mueras volverás a ella. Hombre moderno, cazador de infortunios, si te lo propusieras, podrías encontrar en tu propio ecosistema, la verdad misma que circula aquí afuera, porque estás hecho de la misma verdad de la que emana el mundo y quizás, regresando aquí a la jungla, podrías recordarlo. 

Alejandro Aguilar R., nacido en 1991, es ingeniero civil dedicado al desarrollo inmobiliario. Ávido lector desde su juventud, pasea y sube montañas como ejercicio espiritual desde 2021 y en 2024 concluye un diplomado virtual en escritura por Literaria: Centro Mexicano de Escritores (México).

viernes, 23 de octubre de 2026

AMANECER

Jiao Ce

 

1

Día 51. Campamento del Primer Escalón, vertiente norte. Altitud: 7007 metros.

El fuego prendió y el interior de la tienda, hasta entonces en penumbra, se fue iluminando, lo que dio un poco de vida a aquel espacio de menos de diez metros cuadrados.

Puse una olla de hierro sobre el fuego, coloqué con cuidado tiras de carne seca sin cocinar contra su borde interior y eché dentro una buena cantidad de nieve que había recogido entre los brazos. La olla comenzó a chisporrotear de inmediato.

Junto al fuego estaba sentado Chai Hu, el jefe de mi expedición, que escribía en una libreta en una postura extraña. A aquella altitud, la presión atmosférica era tan baja que la tinta de su bolígrafo no salía por mucho que lo intentara.

No le había quedado más remedio que meterse el tubo del bolígrafo en la boca y soplar suavemente para poder escribir. Movía la cabeza al compás de la mano, como una vieja máquina de escribir.

—Te ves muy extraño —dije.

—¿Ah, sí? —Chai Hu me miró de reojo y se sacó el tubo de la boca. Una gota de saliva cayó sobre la libreta y se apresuró a limpiarla, avergonzado—. ¿Cómo están tus funciones corporales? —agregó mientras se secaba la comisura de los labios.

—Bastante bien. —Moví los brazos metálicos, que adquirieron un brillo anaranjado a la luz del fuego.

—Revisa tus componentes mecánicos. —Sacó de detrás de él la caja de herramientas y añadió con frialdad—: Mañana caminaremos todo el día. No me retrases.

Me toqué instintivamente el pecho. Dentro de la caja torácica de metal latía con fuerza un corazón humano.

—Ochenta y seis por ciento de componentes no humanos —murmuré mientras recibía la caja de herramientas que me tendía Chai Hu.

El fuego ardía con más fuerza. Fuera de la tienda, el viento aullaba y arrastraba granos de nieve sobre una extensión de hielo completamente negra, cuyos límites se perdían de vista. La pequeña tienda se aferraba a aquella superficie helada como un botón de color rojo anaranjado.

 

2

Cuando salimos del campamento uno ya eran las diez de la mañana, pero el cielo seguía gris y oscuro. Sobre nuestras cabezas se extendía una capa de nubes negruzcas, densa y espesa, formada por innumerables fragmentos de roca y partículas minerales de menos de dos milímetros de diámetro, mezclados con cristales de hielo. Los volcanes habían expulsado aquellas partículas durante la Gran Erupción y desde entonces permanecían suspendidas en la atmósfera.

En otros tiempos, desde allí se habría visto con claridad la cumbre del Everest, además de la ruta de ascenso por la vertiente norte. Ahora no se veía nada de aquello. La capa de nubes había cercenado limpiamente la cima y la montaña entera parecía un emperador decapitado.

—¿Qué miras? —preguntó Chai Hu mientras recogía la tienda.

—La capa de nubes es muy espesa —dije, con la vista en lo alto.

Interrumpió su tarea, se enderezó y se levantó las gafas protectoras.

—En las partes más delgadas tiene doscientos cincuenta metros de espesor. En algunos lugares alcanza los dos kilómetros.

—De verdad oculta todo el cielo… —exclamé.

—Bah. —Chai Hu soltó un resoplido desdeñoso—. Cuatrocientos veinte volcanes activos en erupción ininterrumpida durante trece meses. Enormes cantidades de polvo acumuladas en la troposfera. La luz solar bloqueada, los vientos de altura debilitados, el efecto de Coriolis… Menos mal que no viví en aquella época.

—Ahora tampoco estamos mucho mejor —dije.

Chai Hu no respondió. Ya había terminado de recoger la tienda y emprendimos la marcha hacia el último campamento antes de la cumbre.

El viento soplaba con más fuerza. Los granos de nieve que levantaba provocaban violentos ataques de tos con cada respiración. Chai Hu se cubrió la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta y avanzó trabajosamente entre el viento y la nieve, ayudándose con los crampones y los bastones.

Lo seguí de cerca, hundido en la nieve hasta las rodillas.

Todas las rutas hacia la cumbre habían desaparecido en la ventisca. Solo se distinguía una cresta de color marrón oscuro que se internaba directamente en las nubes negras, sin que pudiera verse dónde terminaba.

 

3

Día 52. Campamento de ascenso a la cumbre del Everest. Altitud: 8018 metros.

Hoy las cosas fueron bastante mal. Primero perdimos los utensilios de cocina junto al precipicio del Collado Norte. Después, a los 7800 metros, Chai Hu se lesionó un brazo. También se rompió el último par de bastones que nos quedaba y, por si fuera poco, comenzó a sufrir episodios de respiración sibilante, un indicio de mal de altura.

Encendí una fogata. Los labios de Chai Hu habían adquirido un tono violáceo y el sudor le perlaba cada vez más la piel.

—Cuando entres en calor te sentirás mejor —le dije.

Chai Hu frunció el ceño.

—El corazón me late un poco rápido. Por lo demás… estoy bien.

Lo tomé del brazo.

—Pulso: ciento veintiuno. Presión máxima: ciento diez. Mínima: cincuenta y nueve.

—No es nada. No te preocupes por mí. —Cerró los ojos.

Aseguré los bordes de la tienda con objetos pesados para impedir que se filtrara el aire frío.

—¿Viste las banderas de oración hoy? —le pregunté.

—¿Las que estaban a los 7200 metros?

—Sí. Debajo había una escala de medición y, junto a ella, una estela de piedra. En la estela…

—Estaban los nombres de todos los que murieron aquí.

Asentí.

Chai Hu abrió los ojos y se quedó mirando el techo de la tienda como si quisiera atravesarlo con la mirada.

—Ninguno quería morir. Ninguno sabía que acabaría muriendo en esta montaña nevada… Pobres idiotas…

—Pero murieron por algo que valía la pena. Tal vez ese sea el sentido de la vida —dije.

—¿El sentido? —Chai Hu se incorporó a medias—. Yo lo llamaría una vanidad patética.

—Has llegado a la cumbre muchas veces. ¿Ninguno de esos ascensos tuvo sentido para ti? —pregunté.

Chai Hu soltó una risa fría.

—Para mí, el sentido ya ha muerto.

—No te creo.

Chai Hu comenzó a toser violentamente. Tardó un buen rato en dominar el malestar.

—ST02, recuerda esto —dijo con toda seriedad—: hay quienes viven por cosas vanas e inalcanzables. Pero yo vivo para mí. Antes escalaba el Everest por una sola razón: porque está ahí y lo único que tengo que hacer es conquistarlo. ¿Entiendes?

—¿Y esta vez?

Chai Hu vaciló y luego me fulminó con la mirada.

—Hoy hablas demasiado.

Era evidente que se negaba a admitir algo, pero guardé silencio.

Enrolló su chaqueta cortavientos, la metió debajo de la almohada y volvió a acostarse.

 

4

Día 53. Vertiente norte del Everest. Altitud: 8517 metros.

Las corrientes de aire entre las montañas habían provocado una intensa nevada en la vertiente norte desde la noche anterior. Todas las rutas hacia la cumbre habían quedado sepultadas bajo casi sesenta centímetros de nieve. A cincuenta grados bajo cero, la nieve se convertía en hielo en cuanto tocaba el suelo. El rodamiento de mi pierna izquierda se había congelado y el mecanismo de transmisión había dejado de funcionar por completo. Ahora la pierna me sostenía como una rígida barra de hielo.

Chai Hu avanzaba con dificultad delante de mí. Las aristas de hielo y las rocas erosionadas entorpecían cada movimiento como cuchillas. Por cada paso que subía, retrocedía medio. En más de dos horas habíamos recorrido menos de un kilómetro.

Aun así, se volvía de tanto en tanto para apremiarme a seguirlo.

—¡Si te quedas atrás, morirás! —gritó entre el viento y la nieve.

—Los robots no mueren. —El viento se tragó mi voz.

Llevaba más de ocho horas sin beber una gota de agua. El mal de altura persistente lo hacía temblar como si tuviera escalofríos, pero seguía avanzando con firmeza. No lograba comprenderlo. A veces me parecía que el robot era él.

Ya habíamos entrado en la capa de nubes negras. Todo a nuestro alrededor era gris y difuso; hasta los copos de nieve eran grises. No se parecía a la noche ni a una tormenta de arena, sino más bien a la penumbra interminable que precede al amanecer.

«Tal vez así fuera el principio de la creación…», pensé. Aquel caos nos envolvía. Envolvía todo el Everest.

Levanté la vista, pero la cumbre seguía sin aparecer.

De pronto, Chai Hu se irguió bruscamente y cayó rígido, como una puerta que se desploma.

Solté la mochila y me apresuré a trepar hacia él.

—¿Cómo estás? —Le sostuve la cabeza con la mano izquierda. La falta de oxígeno le había vuelto el rostro de un tono violáceo azulado y tenía los labios hinchados.

—No… muy bien… —Apenas movía los labios y su respiración era muy débil.

Le toqué el brazo. Ardía. Los sensores indicaban que su pulso había llegado a doscientos diez.

—Vamos a bajar —dije con calma.

Chai Hu ya tenía la mirada perdida, pero aun así negó con la cabeza.

—No…

—Todavía faltan cuatrocientos cuarenta metros para la cumbre —dije.

—Ayúdame a subir. Puedo hacerlo…

—No llegarás.

Chai Hu jadeaba. De sus pulmones salía un silbido metálico.

—Tú… —De pronto me sujetó la mano con una fuerza sorprendente.

—Sube… tú solo —dijo.

—Llegar a la cumbre no tiene sentido para mí —respondí con calma—. Voy a llevarte de regreso.

—¡No! —Abrió los ojos con esfuerzo y me miró—. ¡Lo que tiene sentido para mí… también lo tiene para ti!

—¿Qué? —Sentía con claridad la violencia de su pulso, que hacía vibrar al mismo ritmo el motor de mi brazo.

—La humanidad lleva más de cien años… sin ver… un amanecer… —Inspiró con esfuerzo—. Ve… díselo…

—Pero soy un robot.

Chai Hu levantó una mano y me dio unas palmadas en el pecho metálico.

—Tú sí lo tienes.

Entonces dejó caer la cabeza y cerró los ojos. Pero su mano seguía aferrada con fuerza a la mía.

 

5

Cumbre del Everest. Altitud: 8851,27 metros.

Nunca había contemplado un amanecer desde una montaña, ni comprendía qué significaba para los seres humanos.

Pero ahora estaba en la cumbre. Las nubes negras que habían cubierto el mundo durante cien años habían quedado bajo mis pies, y el cielo era tan azul y límpido como un remanso de agua.

Ajusté la frecuencia de la radio y elevé al máximo la potencia de salida de la batería para asegurarme de transmitir en todas las bandas.

Reflexioné un momento y comencé la transmisión:

—Quince de septiembre de 2185, ocho y veinticinco de la mañana. Veintisiete grados, cincuenta y nueve minutos, diecisiete segundos de latitud norte. Ochenta y seis grados, cincuenta y cinco minutos, treinta y un segundos de longitud este. Cumbre del Everest. Soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. Repito: soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. ¡La humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol! ¡La humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol!

Mientras hablaba, abrí mi caja torácica de metal y dejé al descubierto mi corazón. Bañado por la luz del amanecer, brillaba como el oro.

Jiao Ce es un escritor chino de ciencia ficción, periodista y editor en Hebei News Network. En 2013, publicó su primer relato, «El operador» (The Operator), en la revista *New Science Fiction*. Posteriormente, publicó una serie de relatos cortos en la aplicación *Little Science Fiction*. En mayo de 2017, su obra «Amanecer» (Dawn) fue seleccionada como material de comprensión lectora para el examen de ingreso a la escuela secundaria en el distrito de Xicheng, Pekín. Ese mismo año, obtuvo el segundo premio al mejor relato corto en la segunda edición de los premios Water Drop.

 

EDÉN

Georges Bormand

 

Gan Edén, el Jardín de Edén, existe. Lo sé, ahora. Tiene un sitio web también. Lo he encontrado, he visto sus imágenes, más claras, más detalladas de lo que jamás había imaginado que se pudiera tener en la web. He hablado con sus habitantes. Ahora busco el camino para ir allí. 

Empezó como un juego: había escrito la palabra Gan Edén en el browser, y leí las respuestas. Observé un enlace curioso, www.ganeden.org y decidí probarlo. Cargar la página de entrada fue muy lento, aún si tenía solamente una imagen de floras y una frase: Gan Edén acepta su ingre. ¿Continuar? Contesté “sí”.

La imagen parecía ensancharse y vi árboles gigantes, rodeados de flores maravillosas. Varios animales paseaban por todas partes, las fieras entre los herbívoros, aunque nunca vi que una fiera atacara a un herbívoro. Algunos hombres paseaban entre los animales, sin prestarles ninguna atención, como si todos fueran animales domésticos. No vi ningún animal que pareciera herido, o enfermo; ni hombre o hembra que no fuera hermoso. El Jardín del Edén tal como sería si Adán no hubiera pecado. No lo podía creer.

¿Cuánta memoria sería necesaria para una imagen tan precisa? Más de lo que mi computador y mi modem pueden manejar. Sin embargo, era más definida que un filme en la televisión. Y pude desplazarla, acercarme a los detalles que quería observar, alejarme para ver el paisaje completo. De hecho, pude alejarme tanto como quería; el jardín parecía infinito. Y llano, sin horizonte, sin curvatura. No era otro planeta, era otro universo.

De repente, apareció un mensaje en la pantalla: Alguien quiere hablar contigo. ¿Aceptas?

Contesté “sí”.

Una mujer muy bella apareció en la pantalla y oí su voz, alta y clara, lo que no era posible porque los altoparlantes de mi computador estaban arruinados. Me dijo:

—Bienvenido al Gan Edén; no sé cómo has obtenido el acceso, pero si el Señor te lo ha permitido, debes ser hombre justo.

¿Un hombre justo? Si jamás voy en la iglesia, nunca rezo, y cometí tantos pecados que no puedo contarlos… ¿Es posible que el Señor se estuviera equivocando? Estaba asombrado, no podía creer lo que oía, no podía entenderlo. Contesté:

—Si lo dices, debe ser verdad. Pero no soy consciente de esto. ¿Quién eres? ¿Hay servicio de recepción en el Gan Edén?

—No, no es necesario. No tenemos muchas visitas. Me sorprendí al descubrir que había un visitante, y quise conocerte.

No sé cuánto tiempo hablamos, tal vez horas, si no equivoco, aun cuando mi reloj no lo confirmaba.

Al final, le pedí:

—¿Cómo puedo reunirme contigo? ¿Debo fallecer? ¿Seguro que no debo suicidarme?

—No, no, debes llegar vivo. Pero no puedo indicarte el camino. Debes encontrarlo por ti mismo. Espero que suceda pronto. Te espero.

De repente, la conexión se interrumpió; la pantalla presentaba esta leyenda: “Conexión interrumpida desde el otro lado”. Intenté reanudar la conexión, pero siempre obtuve la respuesta: “Este sitio no existe”.

Busco el camino que mi querida, porque ya es mi querida, me ha dicho que debo encontrar. Y ya no lo busco solo en el computador; lo busco en los libros, en las iglesias, en todas partes. Porque me ha dicho claramente: no debes esperar la muerte, debes llegar vivo. ¿Cómo? Ya lo encontraré.

Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París, Francia. Estudió matemáticas y se graduó en 1974. Ha enseñado matemáticas en escuelas secundarias desde entonces hasta su jubilación en 2015. Ha empezado a escribir cuando tenía tiempo libre porque su trabajo era corregir ejercicios de enseñanza a distancia en el CNED. Se casó en 1974 y se divorció en 2001, por lo que ahora permanece soltero. Ha empezado a participar en el fandom de ciencia ficción en 1998, concurriendo a convenciones y festivales desde 2001, y a escribir en el fanzine Présences d'esprits. Ahora también escribe en Phenix (webzine) y Galaxies (revista). Tradujo cuentos del inglés y del castellano e intenta mejorar su escritura en ambos idiomas para también poder traducir desde el francés y difundir las ficciones que producen los escritores franceses.

 

EL TRIATLÓN

Daniel Antokoletz

 

El capitán Rodolfo Bloom, corre como nunca lo ha hecho. No pierde el tiempo mirando hacia atrás. Lo siguen de cerca, pero es fuerte y rápido. De todas formas la velocidad importa poco, necesita la resistencia. Ha entrenado, y vaya si lo hizo. Para él ganar la medalla olímpica como maratonista, escalar el Chimborazo al trote, o ganar cinco veces el Downhill de ciclismo, sólo ha sido parte del entrenamiento. Toda su vida se preparó para éste momento. Juan Libet le arroja una piedra para detenerlo, pero falla por varios metros. En esta carrera está todo permitido, pero él no piensa hacer nada contra los demás.

Mira alternativamente su próxima meta, enfocado a donde tiene que llegar, y el piso, para evitar las piedras. Sus pasos largos parecen saltos. Ya puede ver el tajo del canal dibujándose sobre el polvo rojizo. Siente cómo le queman los pulmones por la falta de aire. Se esfuerza.

Clava una estaca en la tierra y desciende haciendo rapel por el acantilado al borde de la meseta de Tharsis. Llegó antes que la legendaria tormenta roja, y eso es bueno. Con el polvo tapándole la vista, seguro se desbarrancaría. Se descuelga y baja los primeros quinientos metros como si descendiera en cámara lenta. Se cubre bajando lo más pegado posible a la pared cuando unas rocas caen a su alrededor. A pocos metros se desenrolla la cuerda de uno de sus contrincantes. Apenas llega al primer descanso, a más de un kilómetro del fondo, el cielo se oscurece por las nubes de polvo que pasan por encima de ellos. Mira hacia arriba y ve la sombra de Goletb, moviendo diestramente sus piernas, y deslizándose hacia él. Su propia cuerda da un cimbronazo y otro de los competidores está usando su cuerda para bajar. Debe apurarse hay varios que también son rápidos y fuertes y no quiere pelear contra ellos. Tropieza con una roca y baja varios metros deslizándose sobre su trasero. Verifica que no se le haya roto el traje y continúa con su bajada.

Verifica el manómetro de su botellón. Le alcanzará. Observa las banderillas rojas que lo guían al sendero para poder bajar a la depresión de manera relativamente segura. Asumiendo el riesgo, baja a un trote rápido por un camino que, cada vez, se hace más escabroso. Al voltear en un recodo, imponente, el monte Olimpo se eleva recortándose tras una niebla de polvo rojizo que no permite ver la cumbre del monstruo.

Llega a la dantesca aureola, y monta en su bicicleta. Sus poderosas piernas terrestres la empujan alejándolo de su contrincante, y acercándolo a la base del volcán. Tiene que ganar la mayor cantidad de terreno posible. Su fuerte es la carrera y el ciclismo. Escalando está en desventaja. Si bien sabe que posee el doble de fuerza que los demás, no conoce tan bien el terreno como los locales.

La base del viejo volcán se confunde con el terreno. Sube con la bicicleta mientras el terreno se lo permite. Luego de varios kilómetros abandona su vehículo, y comienza la ascensión del monte más alto del sistema solar. Se esfuerza. Escala, cruza cañones de una profundidad inconmensurable y aprovecha la fuerza de sus músculos moldeados en la gravedad terrestre para cruzar de un salto algunas grietas. Cada vez le cuesta más. Debe prestar atención para no toparse con las bestias locales. Es una ascensión de veintidós kilómetros. Ve cómo Goletb tropieza. Le cae bien. Decide ayudarlo cuando ve que una especie de planta envuelve sus cuatro finas patas, y lo arrastra hacia la grieta. Ve el terror en la cara del marciano manoteando para arrancar las móviles ramas. Sólo logra quedar más atrapado. Rodolfo continúa su camino. Sabe que no puede hacer nada.

Sigue ascendiendo. Llega a un pequeño saliente de roca que le permite descansar unos momentos. Al sentarse observa unos pequeños hilos que cruzan la roca de punta a punta. Arroja una roca sobre ellos; y una planta, similar a la que se llevó a Goletb, envuelve la piedra pulverizándola. Asustado, esquiva esa temible trampa, y continúa trepando. Su cuerpo le reclama descanso.

A una decena de metros de la cumbre; Yamungia, de Titán, se le acerca peligrosamente. Rodolfo, ya agotado, y con varias fugas en su traje, con los músculos de sus piernas ardiendo de dolor, salta hacia adelante buscando achicar espacio entre él y la gloria.

Con su último aliento, llega al borde de la caldera del volcán. Observa a su alrededor y lo único que puede ver es la ladera del volcán que se extiende hasta el horizonte. Clava la bandera con una hermosa imagen de la Tierra. Los ancianos del consejo del pueblo lo esperaban:

—Bienaventurado Rodolfo Bloom, de la Tierra. Has llegado primero en el triatlón ceremonial —dice el más viejo del grupo.

—Gracias venerable. Es un honor ser el primer terráqueo en vencer en el triatlón marciano. Es, sin duda, un deporte que será popular en mi planeta.

—¿Deporte? ¿Creíste que esto es un deporte? —Rodolfo mira desconcertado a los ancianos del consejo—. No es un deporte —dice otro de los ancianos moviendo nerviosamente las cuatro patas—. Es una selección —termina diciendo mientras arrojan a Bloom a la caldera apagada del volcán—. Elegimos al mejor para sacrificarlo a los dioses.


Daniel Antokoletz Huerta (Buenos Aires, 1964), es un ingeniero y escritor argentino, dedicado a la investigación científica y tecnológica, ámbitos que conviven con su pasión por la narrativa. Su formación rigurosa en ingeniería se refleja en la precisión de su estilo, mientras que su mirada literaria explora los límites entre lo real y lo imaginario. Ha sido distinguido con premios literarios nacionales e internacionales, reconocimientos a una obra que combina reflexión con atmósferas intensas. En el terreno editorial, publicó dos libros de cuentos con la editorial Bookaholic: 14 cuentos de terror, vida y muerte y Momentos de terror. Su escritura se caracteriza por un lenguaje claro y evocador, capaz de transformar la experiencia cotidiana en materia narrativa. Ha sido traducido a varios idiomas.Publicó en antologías como Grageas 2 y 3, Espacio austral, Latinoamérica en breve, Minimalismos, Extremos y en Metagalaktika, antología de cuentos argentinos en húngaro.

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