Daniel Antokoletz
Mira
alternativamente su próxima meta, enfocado a donde tiene que llegar, y el piso,
para evitar las piedras. Sus pasos largos parecen saltos. Ya puede ver el tajo
del canal dibujándose sobre el polvo rojizo. Siente cómo le queman los pulmones
por la falta de aire. Se esfuerza.
Clava
una estaca en la tierra y desciende haciendo rapel por el acantilado al borde
de la meseta de Tharsis. Llegó antes que la legendaria tormenta roja, y eso es
bueno. Con el polvo tapándole la vista, seguro se desbarrancaría. Se descuelga
y baja los primeros quinientos metros como si descendiera en cámara lenta. Se
cubre bajando lo más pegado posible a la pared cuando unas rocas caen a su
alrededor. A pocos metros se desenrolla la cuerda de uno de sus contrincantes.
Apenas llega al primer descanso, a más de un kilómetro del fondo, el cielo se
oscurece por las nubes de polvo que pasan por encima de ellos. Mira hacia
arriba y ve la sombra de Goletb, moviendo diestramente sus piernas, y
deslizándose hacia él. Su propia cuerda da un cimbronazo y otro de los
competidores está usando su cuerda para bajar. Debe apurarse hay varios que
también son rápidos y fuertes y no quiere pelear contra ellos. Tropieza con una
roca y baja varios metros deslizándose sobre su trasero. Verifica que no se le
haya roto el traje y continúa con su bajada.
Verifica
el manómetro de su botellón. Le alcanzará. Observa las banderillas rojas que lo
guían al sendero para poder bajar a la depresión de manera relativamente
segura. Asumiendo el riesgo, baja a un trote rápido por un camino que, cada
vez, se hace más escabroso. Al voltear en un recodo, imponente, el monte Olimpo
se eleva recortándose tras una niebla de polvo rojizo que no permite ver la
cumbre del monstruo.
Llega
a la dantesca aureola, y monta en su bicicleta. Sus poderosas piernas
terrestres la empujan alejándolo de su contrincante, y acercándolo a la base
del volcán. Tiene que ganar la mayor cantidad de terreno posible. Su fuerte es
la carrera y el ciclismo. Escalando está en desventaja. Si bien sabe que posee
el doble de fuerza que los demás, no conoce tan bien el terreno como los
locales.
La
base del viejo volcán se confunde con el terreno. Sube con la bicicleta
mientras el terreno se lo permite. Luego de varios kilómetros abandona su
vehículo, y comienza la ascensión del monte más alto del sistema solar. Se
esfuerza. Escala, cruza cañones de una profundidad inconmensurable y aprovecha
la fuerza de sus músculos moldeados en la gravedad terrestre para cruzar de un
salto algunas grietas. Cada vez le cuesta más. Debe prestar atención para no
toparse con las bestias locales. Es una ascensión de veintidós kilómetros. Ve
cómo Goletb tropieza. Le cae bien. Decide ayudarlo cuando ve que una especie de
planta envuelve sus cuatro finas patas, y lo arrastra hacia la grieta. Ve el
terror en la cara del marciano manoteando para arrancar las móviles ramas. Sólo
logra quedar más atrapado. Rodolfo continúa su camino. Sabe que no puede hacer
nada.
Sigue
ascendiendo. Llega a un pequeño saliente de roca que le permite descansar unos
momentos. Al sentarse observa unos pequeños hilos que cruzan la roca de punta a
punta. Arroja una roca sobre ellos; y una planta, similar a la que se llevó a
Goletb, envuelve la piedra pulverizándola. Asustado, esquiva esa temible
trampa, y continúa trepando. Su cuerpo le reclama descanso.
A
una decena de metros de la cumbre; Yamungia, de Titán, se le acerca
peligrosamente. Rodolfo, ya agotado, y con varias fugas en su traje, con los
músculos de sus piernas ardiendo de dolor, salta hacia adelante buscando
achicar espacio entre él y la gloria.
Con
su último aliento, llega al borde de la caldera del volcán. Observa a su
alrededor y lo único que puede ver es la ladera del volcán que se extiende
hasta el horizonte. Clava la bandera con una hermosa imagen de la Tierra. Los
ancianos del consejo del pueblo lo esperaban:
—Bienaventurado
Rodolfo Bloom, de la Tierra. Has llegado primero en el triatlón ceremonial
—dice el más viejo del grupo.
—Gracias
venerable. Es un honor ser el primer terráqueo en vencer en el triatlón
marciano. Es, sin duda, un deporte que será popular en mi planeta.
—¿Deporte? ¿Creíste que esto es un deporte? —Rodolfo mira desconcertado a los ancianos del consejo—. No es un deporte —dice otro de los ancianos moviendo nerviosamente las cuatro patas—. Es una selección —termina diciendo mientras arrojan a Bloom a la caldera apagada del volcán—. Elegimos al mejor para sacrificarlo a los dioses.

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