Luis Saavedra
Encontrándome por negocios en Richmond, a
principios de 1848, llegué a conocer a Edgar Poe en una tabaquería. Respetado
agente de la policía local, se presentó a sí mismo como un experto observador
que le alegraba ver a un caballero norteño en Virginia. De inmediato entré en
sospechas y le tomé por un timador; no dije nada y pretendí que no me
importaba. Entonces presumió de esperar medio minuto hasta que no soporté más y
explosivamente le pregunté cómo lo había sabido. Luego apuntó a que mis uñas
manicuradas, si bien eran común denominador entre los dueños de plantaciones,
en conjunto con tal cuidado por las manos y cabello, le indicaban un afuerino.
Sin embargo, no se detuvo allí y señaló el fajo de tabaco que yo había tomado.
Nadie en Virginia elegiría tan pobre elección. Un poco molesto por su actitud,
contraargumenté que no podría haber deducido mucho con esa información, a lo
que asintió. «Ciertamente,» me dijo, «aunque en combinación con su broche
dorado, que muestra la lira y el panal, perteneciente al gremio de comercio de
la ciudad de Ithaca, puedo suponer que sus oportunidades de negocios favorecen
al estado de Nueva York». Ese día, Poe eligió para mí un tabaco muy rubio y
aromático.
Edgar Poe es un hombre
pequeño y delgado, de mirada inteligente y tez pálida, frente amplia y cabello
negro, y una expresión reflexiva. Es poseedor de un rostro para nada ordinario
que completaba un bigote bien recortado. Agreguémosle a esta descripción su
afición a los penny dreadful, cuando puede conseguirlos, que potencian
una imaginación que es capaz de aplicar exitosamente a los casos policiales en
los que trabaja. Lo digo sinceramente, es un hombre singular; más que singular
estos días, considerando lo que pasó en la casa de Jeffersons Ward.
Habíamos terminado de
cenar en el restaurant Chez Lui. Poe, con su hablar pausado, me había deleitado
con una anécdota sobre los asesinatos de un orangután y estábamos dispuestos a
ir por un buen bourbon cuando entró un agente que le informó que se requería de
su presencia inmediata. Fui testigo del brillo que se encendió en sus ojos y me
afirmó seriamente que ésa era una noche afortunada.
En un carruaje de un
caballo pinto, atravesamos la ciudad hacia un conocido barrio de negros libres,
en Jeffersons Ward. Cerca de la estación del ferrocarril, nos detuvimos frente
a un edificio de tres pisos y en la puerta ya nos esperaban un par de agentes.
Sin demorar más, Poe se apeó rápido y subió directamente al tercer piso, a una
de las dos puertas que ya estaba abierta. Resoplando intenté alcanzarlo, pero
debo decir que ya estoy en mis cuarentas. Los habitantes del edificio eran en
su mayoría de color y desviaban la mirada al ver a la policía; observé que la
estructura había tenido mejores días, mientras que el agente que venía conmigo
me informaba que entonces funcionaba como un hotel de paso económico.
—¡Es nada menos que A.
Perry! —me informó Poe, apenas entré en la habitación, traspasada por un
intenso tufo alcohólico. Un hombre yacía en la cama, aparentemente sin vida y
en una posición en la que la violencia parecía ausente; una de sus manos
aferraba un pedazo de papel marrón. Lo que contrastaba con la vorágine de
carillas de papel arrugadas, libros, ropajes, amoblado destrozado, como si un
tornado hubiera dejado su huella—. ¡El escritor, el escritor!
No sé cómo me vi involucrado en un caso
policial, pero se me aceptó como alguna especie de attaché de Poe, una
idea que consideré divertida sin prever las consecuencias. Quise enmendar tal
error, pero simplemente fui ignorado. Los agentes tomaron declaraciones a todos
los habitantes del edificio, mientras Poe tan solo permaneció en el centro de
la habitación leyendo la nota arrancada de las manos del muerto, con pocas
intervenciones en la labor policial. En un minuto, un joven nervioso y muy
delgado se presentó como el secretario de A. Perry, y miró el cuerpo que
reposaba en la cama. Solo crucé un par de frases con él; el pobre hombre no
podía aceptar el destino aciago de su maestro y se retorcía las manos. Me dijo
que había salido solo un momento para una caminata después de la cena, que se
servía sin excepción a las 20 horas y en la que todos los huéspedes
participaban, y cuando hubo vuelto, ya la gente se arremolinaba en frente de la
puerta del escritor. Me presenté en un gesto de simpatía hacia él y me dijo que
le llamara Freeman Doyle, de Edimburgo. Entonces Poe salió de su mutismo, e
ignorando a Doyle, me arrastró con él, esta vez hacia un pequeño café que
cerraba tarde, en donde mi amigo ya tenía una mesa rutinaria. Frente a ese
bourbon tan demorado, nos quedamos un largo rato taciturnos.
—Debe saber que fue un
gran escritor y una pérdida lamentable —dijo finalmente, a lo que contesté con
un simple «cuénteme más».
Como escritor, A. Perry
solo en los últimos años había adquirido notoriedad en el mundo literario. Sus
poemarios y colecciones de cuentos anteriores solo encandilaban a unos pocos
aficionados como Poe. La seducción por temas como el amor condenado, la muerte
y el orgullo inquebrantable le granjeó enemigos entre la crítica, que prefería
textos más luminosos. Pero los gustos evolucionan con la época y con la
publicación de su poema “El Cuervo”, en 1845, salió de las sombras que tanto le
gustaban y se volvió un autor muy popular. Pero como no había nada fácil en su
desgraciada vida, esto le acarreó una angustia vital al no poder escribir nada
más a su altura. Los niños comenzaron a perseguirlo en la calle y le gritaban
«Nunca más, nunca más». Para más «inri», tampoco hubo mucho dinero involucrado
y continuó siendo una pobre bestia marginal atenazada por el juego y el licor.
—Le conocí tempranamente,
siendo compañeros de armas en Fort Moultrie. Un hombre de deducción exacta y
racional, e inmediatamente hicimos buenas migas. Un tiempo después de terminado
nuestro paso por el Ejército, seguimos caminos separados. Él en la literatura,
mientras que yo estaba destinado a servir a mis conciudadanos. Volvió de Nueva
York con su fracaso a cuestas, lamentablemente. Ya era un hombre muy golpeado
por la vida, créame —dijo Poe, con una expresión sombría.
—Pero, ¿no lo somos
todos? —agregué.
—Indudablemente, pero
dada una persona de su talento la historia adquiere ribetes dramáticos. —Y
procedió a sacar un trozo de papel que inmediatamente reconocí—. Un último
poema, «La sombra de un hombre triste».
Mi amigo me lo alcanzó y
lo leí. Soy un hombre de negocios, no un gran lector, y realmente prefiero
lecturas más inspiradoras. El poema estaba conformado por tres quintetos que me
ensombrecieron el alma, aún más en las circunstancias que las leía. Sentí su
mirada fija en mí y en mi excitación, le pregunté si creía que A. Perry había
sido asesinado. Poe se quedó muy pensativo y luego respondió:
—Es posible. Sin embargo,
siempre hay espacio para la duda hasta que ésta es removida. Debemos volver
mañana al sitio del deceso y observar con más detalle.
Me fui a la cama un poco
preocupado por las aventuras que nos esperaban. Salimos alrededor de las seis
de la tarde y esa parte de Jeffersons Ward lució más empobrecida, si se
pudiera, a la luz del día; la población libre de raza negra parecía estar condenada
a un confinamiento sempiterno y moraban los vanos de ventanas y puertas con
resignación. En el hotel, Poe se acercó al matrimonio de color que lo regentaba
y sostuvo un corto diálogo. Ella era la única en condiciones de entablarla,
dado que a su marido le habían cortado la lengua poco antes de obtener la
libertad, como un recordatorio de su paso por la esclavitud. A. Perry no tenía
buena reputación, pero pagaba religiosamente la renta. Su último escándalo fue
acometido un par de días atrás cuando su secretario lo había cargado
inconsciente hasta su cama. Ya eran pasadas las doce. El día siguiente bajó y
preguntó a la anfitriona si había realizado labores de aseo en su habitación,
lo que estaba prohibido sin el expreso consentimiento del huésped.
—Le dije que no. Somos
gente muy honesta —respondió ella, notoriamente ofendida.
En tanto que la noche de
los eventos, A. Perry había dado instrucciones de que no se le molestara;
cuando ella subió a ofrecer la cena, nadie respondió. No fue hasta una hora
después, cuando el matrimonio ya estaba en cama, que escucharon los gritos y los
fuertes golpes.
Entonces volvimos a subir
a la habitación del escritor, con la anfitriona por delante, que había quedado
cerrada por orden de Poe. Nos dejó las llaves y la lámpara de aceite antes de
irse, y mi amigo se paseó lentamente por el caos de ese espacio. Tomó una
botella de licor vacía y la colocó encima de la mesa, luego la volvió a mover
de sitio.
—¿Le parece que ha
quedado perfecta?
—Disculpe, pero no le
entiendo a qué se refiere —respondí claramente contrariado.
—Es hora de hacer una
visita al secretario del señor Perry.
De no ser porque mi amigo
no sonreía, hubiera dicho que disfrutaba verme en ese estado. El señor Doyle
demoró en contestar los tres precisos golpes que Poe dio en su puerta, en la
habitación adjunta. Se le veía pálido y apagado, me apiadé de él. Nos dejó
entrar al reconocernos y apenas cerró, se disculpó.
—Por favor, señores, no
miren mi desorden. Mañana salgo hacia la ciudad de Nueva York para tomar un
vapor con destino a Liverpool, así que empaco lo que puedo. Me devuelvo a casa,
ya solo tengo aquí dolorosos recuerdos.
Mi amigo no perdió el
tiempo y le interrogó sobre posibles ángulos en el caso. Doyle se sorprendió
con la posibilidad de un homicidio y apuntó que A. Perry lamentablemente
sostenía deudas con casi todas las casas de juego de la ciudad. Y mientras
detallaba esto, Poe se asomó sobre un manuscrito que yacía en el escritorio y pidió
permiso para ojearlo, a lo que el joven simplemente esbozó un gesto de
afirmación con la cabeza, y luego:
—Es mi primer relato, en
honor al señor Perry.
—Supongo que él habrá
sido una gran inspiración para usted —agregué con cierto entusiasmo.
—Sin duda. Su talento me
ha inspirado a escribir mis propias ficciones. Sin embargo, está inconcluso e
intento terminarlo aún en estas últimas horas que me quedan. —Apuntó a una
carilla con apenas un renglón. Debajo del escritorio, se amontonaban páginas
arrugadas. Se veía que trabajaba duro en su manuscrito.
—Interesante. Veo que usa
en su trama un popular código criptográfico del Ejército para construir este
párrafo —observó mi amigo y nos acercamos, pero solo vi un galimatías
desesperanzador sobre la página.
—¿Le parece? —respondió
el joven.
—Así es, con toda
certeza, pero es lamentable que tenga tan severo error de forma; lo ayudaría
sin dudarlo, pero debo continuar mi investigación en otra parte. —Poe dejó el
manuscrito de nuevo en el escritorio y sacó las llaves que nos había facilitado
la anfitriona—. Más tarde vendrá un agente a retirar evidencia, agradecería que
le permitiera entrar. Muchas gracias por su tiempo.
Y salió
intempestivamente.
Doyle y yo nos quedamos
sorprendidos. Me despedí de él incómodo y perseguí a mi amigo hasta el rellano,
en donde le pedí explicaciones. Sin embargo, él se llevó un dedo a la boca en
un gesto de silencio. Se quitó los zapatos y me indicó que hiciera lo propio.
Poe tiene ese poder tan particular de que, a pesar de las molestias, siempre me
convence de seguirlo. Innecesariamente, en mi opinión, continué su juego en
silencio y subimos de nuevo a la habitación del escritor. Dentro, Poe miró su
reloj y me miró:
—Queda tiempo aún. Por
favor, confíe en mí. Hay veces que tenemos que realizar un acto de fé.
Y luego apagó la lámpara.
Durante unos veinte minutos, en los que empecé a sentir calambres, nos miramos
en la oscuridad. Luego escuché a la anfitriona voceando la cena y a
continuación un ejército de pies bajando las escaleras. Recordé lo que Doyle
había dicho. La cena se servía a las 20 horas y todos acudían. El ruido fue
apaciguándose a medida que los huéspedes se allegaban al comedor. Y aún así
seguimos esperando. En ese momento, no tenía grandes razones para seguir
confiando en mi amigo.
La puerta se abrió y una
silueta se recortó en la penumbra. Una cerilla encendió una lámpara en manos de
la silueta. Poe apuntó un arma de la que yo no sabía de su existencia hacia la
figura.
—No ose moverse, señor
Doyle.
De más está decir que ambos, Freeman Doyle y
yo quedamos sorprendidos, y solo Poe tenía certeza de qué estaba sucediendo.
—¿Espero que tenga usted
una razón poderosa, Poe? —lo inquirí.
Pero me ignoró y solo se
dirigió al joven.
—Por favor, cierre la
puerta. Debo reconocer que confié en una mentira blanca para atraerlo a este
momento, pero no creo equivocarme en sus intenciones, viniendo en un momento en
que nadie puede ser testigo de su visita. Y aunque desde mis tiempos del Ejército
que no creo en el poder de las armas, en esta ocasión, me valdré de ellas para
exponer mi asunto.
Espero ser fiel al relato
que contó mi amigo. Una de las primeras pistas que llamaron su atención ocurrió
la misma noche del deceso. Notó un cuadrado bien demarcado sobre el escritorio,
libre de polvo. En una zona cerca de la estación de ferrocarril, es imposible
que las superficies estén libres de hollín, lo que indicaba que un objeto había
sido removido recientemente. En su propia experiencia, un objeto ausente
siempre es digno de atención. Sin embargo, solo fue un inicio inconexo.
Entonces recordó la abundancia de carillas de papel desechadas que, de la misma
manera que la ausencia, demostraban un comportamiento a observar. Mandó a un
agente a traerlas para estudiarlas. La noche es el momento preciso para
reflexionar según Poe y pudo extender, recomponer la mayoría de las carillas
destrozadas, pobladas por secciones enteras de textos que se repetían una y
otra vez. Logró determinar una progresión desde la escritura apremiada y prieta
hacia una letra desesperada que muchas veces terminó en un garabato circular y
furioso.
—Y aquí usted
intervendrá, mi amigo —refiriéndose a mí—. Por favor, vaya a la habitación del
señor Doyle y traiga su manuscrito.
Miré al muchacho y sus
ojos suplicantes. Intentó hacer un movimiento, pero Poe lo encañonó más de
cerca. Rápidamente fui y volví con el manuscrito; se lo extendí.
—«El Escarabajo de Oro –
El primer caso de Mr. S. Holmes» —leyó la primera línea y lo depositó a un
costado del cuadrado libre de hollín. A continuación, extrajo desde su chaqueta
una carilla a muy mal traer y cuidadosamente la extendió sobre el cuadrado. El
calce fue perfecto. Luego la dio vuelta del lado que estaba escrita: —«El
Escarabajo de Oro – Un caso de C. Auguste Dupin».
Freeman Doyle soltó un
largo quejido y se derrumbó en la silla del escritorio. Reconozco haberme
sentido contrariado; el joven me despertaba una cierta simpatía. Confesó su
crimen tal como sigue. Hace dos días, A. Perry había salido de juerga, jubiloso
por algún evento que no sabía Doyle. Como muchas noches, Doyle acudió al bar
favorito del escritor para comprobar su estado de intemperancia. Como muchas
noches, el secretario lo cargó hasta el lecho, en estado de inconsciencia.
Entonces, el manuscrito sobre la mesa llamó su atención, dado que A. Perry no
había escrito en los últimos tres años. Excitado, y a pesar de estar sin
finalizar, terminó de leer el texto reconociendo de inmediato un nuevo tipo de
literatura; sostenía el futuro entre sus manos. Pero le sobrevino un nuevo
pensamiento, uno muy oscuro. Dios otorgaba a un borracho empedernido un talento
que desperdiciaba. Con seguridad, a Perry no le quedaban más de dos años
buenos, y luego una lenta muerte social y física. En cambio, él, pobre,
desesperado, ansioso, merecía una oportunidad en la vida. Luchó contra ese
sentimiento gran parte de la noche y se vio derrotado al amanecer. Cuando Perry
despertó de su resaca, notó la ausencia del manuscrito. Acudió a la habitación
de su secretario y sostuvieron una amarga pelea, acusando su acto inmoral, pero
el joven defendió cínica y enérgicamente su inocencia. En forma cobarde, apuntó
a que los negros liberados de la zona siempre conservaban malas costumbres.
Quizás la anfitriona lo había removido, hasta quizás lo había robado. Perry
abandonó su habitación enfurecido y Doyle, alarmado, trazó su plan de huida y
comenzó a copiar el manuscrito para eliminar las carillas originales. Salió a
asegurarse un lugar en el tren a la ciudad de Nueva York para el día siguiente
y cenó en otro lugar; a toda costa quería evitar otro encuentro con A. Perry. A
su vuelta, ya los hechos que conocemos se habían consumado.
La confesión trajo algo
de paz al rostro de Freeman Doyle, en tanto que en mí obró de forma contraria.
—¡Pero se lo juro!, ¡yo
no maté al señor Perry!
—¡Qué descarado! Hay una
meridiana intención en sus acciones, llamaré a los agentes —dije enfurecido.
Realmente me sentía defraudado.
—Deténgase, amigo mío.
Por raro que parezca, nos confiesa la verdad. Hay veces que uno debe confiar en
otros expertos. El parte del forense me vino junto con la evidencia que me hice
traer la noche pasada, que dice que A. Perry murió de un envenenamiento
alcohólico. —Apuntó a la botella vacía encima del escritorio—. La absenta es un
licor de 89 grados alcohólicos, mejor conocida en Europa como «el hada verde» y
buena amiga de poetas y artistas.
—¡Muchas gracias! —exclamó
Doyle, pero Poe alzó una mano cortando su diálogo.
—No, usted no le mató. No
físicamente —replicó y sacó el poema de A. Perry para recitar el tercer
quinteto:
En la yerma costa de mi espíritu cansado
La marea lame las últimas fuerzas,
Y grito tu nombre a los vientos
Orando que no se me olvide.
Demonio de mi espíritu.
Y continuó:
—Esta fue mi primera
pista y no lo supe hasta que usted se presentó la noche pasada. Usted, Doyle,
es la sombra de un hombre triste. A. Perry, en su frustración, intentó
reescribir su texto desde la memoria, las múltiples páginas desechadas y
repeticiones de parrafadas completas me lo indicaron así. Sin embargo, fue una
empresa inútil. Un escritor que no ha escrito en años, y que ha perdido su
oportunidad para retornar a las prensas, es una bestia desesperada. En su
increíble dolor, tomó una decisión desafortunada: el contenido de toda una
botella de absenta. Otro nombre para ella es el «diablo verde» y el diablo
apareció bajo su piel para liberar su frustración en forma de una violencia
hacia todo lo que estuvo a mano. Supongo que ya cansado y sintiendo los efectos
del veneno, acometió una última acción. Un acto de justicia poética, si bien la
justicia terrenal no podía obrar contra quien no tenía evidencias. Perry
escribió este, su último texto, y también despedida, para recordarle que usted
no le mató, pero sí lo hizo.
Fue notable observar el
rostro de Freeman Doyle y lo tormentoso de su estado anímico. Las profundidades
de espíritu humano solo quedan en evidencia en momentos como este. Abandonó la
habitación como una alma del purgatorio y escuchamos la puerta de su habitación
azotarse. Con Poe nos quedamos mirando y luego bajamos en silencio para tomar
el carruaje. Dejamos atrás Jeffersons Ward.
—¿Por qué no le detuvo?
—le pregunté finalmente.
—¿Para qué? ¿Qué penuria
más grande podrá recibir que sentirse siempre a la sombra de A. Perry?
—Supongo que soy alguien
que prefiere la justicia formal. ¿Alguna vez comparte sus hallazgos con
sus pares durante su investigación?
—Por supuesto que lo
hago. Lo hice con usted, ¿recuerda? —Y supuse que hablaba de cuando me extendió
el poema recién hallado para mi lectura. Me avergoncé.
—Lo lamento muchísimo.
—No lo lamente, es solo
una cuestión de práctica. Aunque, si pudiera definirme, sería como un
observador afortunado en el momento y el lugar exactos.
—¡No, no! Aquello lo
reduciría a...
—Un simple ser humano con habilidades normales de deducción. Eso lo convierte a usted en un observador brillante, amigo mío.

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