Mohamed Al-Ashry
El pozo legendario
está al final de un largo pasillo que parte del vestíbulo del hotel. Su boca de
pizarra está rodeada por un pequeño lago de agua caliente que brota con una
fluidez sedosa, de modo que parece un mago que transforma el espejismo en un vapor
tibio, reunido en pequeñas nubes sobre las cabezas de las mujeres que se
deslizan por el agua, y que cambia de color con el movimiento de sus pies
mientras nadan a lo largo de los límites de cristal del baño.
El sonido de la flauta sale
suavemente de entre los nudos del instrumento tradicional y desgrana delicadas
frases musicales que deleitan los oídos. Las mujeres se palpan el cuerpo y se
secan al salir del agua; miran hacia el techo, ven la luna llena con su luz
resplandeciente y sonríen al músico de piel morena, que se balancea al compás
de su melodía melancólica.
La noche de ayer se
parecía a la ceremonia de coronación de un rey. Las esclavas lo rodeaban, de
distintas nacionalidades, y cada una procuraba acercarse a él a su manera. Él
era, simplemente, un rey alto y de piel morena, de pie con su túnica blanca de mangas
holgadas. Su figura parecía una lanza llegada del sur de la geografía, y su
única corona era aquella flauta mágica que había cautivado las mentes de las
extranjeras. Ahora se apretujaban junto a él en el vestíbulo del hotel mientras
sacaba de su aljaba pequeñas flautas y se las vendía a cinco dólares cada una.
La escena invitaba a la reflexión y a la risa al mismo tiempo.
Los espíritus
errantes llenaban el aire a nuestro alrededor, y las mujeres, que habían
abierto sus poros a las cosquillas del silbido, se embriagaban con el sonido de
los tambores y se precipitaban hacia el músico que tocaba la flauta de caña. El
ritmo se mezcló con el baile, que se prolongó hasta bien entrada la noche,
hasta que el agotamiento dibujó su imagen en los rostros y todos quedaron
abrazados de dos en dos hasta la mañana, cuya luz descendió y evaporó la noche
entre las trenzas del sol que se bañaba en el agua tibia del pozo…
Examiné todos los rostros; no
encontré a nadie… Los integrantes de la delegación habían desaparecido de mi
vista… Salí del hotel y caminé entre los cedros que rodeaban el edificio,
solitario sobre una colina cónica de mediana altura.
El paseo me condujo
hasta el mármol surcado de vetas de oro, cuyo brillo se reflejaba en los ojos
de quienes estaban sentados aquí y allá. Vi a tres de las muchachas que habían
venido como bailarinas de danzas folclóricas dentro de nuestro programa. Las vi
en la montaña, entregadas al canto y a una alegría que nunca les había
conocido. Sus ojos brillaban como si acabaran de nacer a la vida… Arrojaban los
velos que las mantenían sujetas y se dejaban llevar libremente, acariciando el
cuello de la hierba que se extendía a ambos lados del camino que ascendía
lentamente por la montaña… Y en la cima, las masas de nubes las abrazaban y les
lanzaban besos interminables.
Cuando llegué a la
cima de la montaña, las nubes se transformaron en una alfombra mágica. Me
invadió lo mismo que había alcanzado a las muchachas: me desanudé la corbata,
me quité los anteojos, me abandoné y me tendí sobre ella. Nadé en la nebulosa
infinita mientras el aire fresco me rozaba los oídos, y me adormecí disfrutando
de aquella libertad.
Desperté con el sonido del toro que sostenía el globo terrestre sobre sus cuernos y hacía girar hacia la noche el lugar donde yo estaba. Dirigí entonces la alfombra hacia una estrella sonriente que había visto antes desde la ventana del hotel. Me incliné ante ella y la invité a sentarse a mi lado. Me tocó la mano con delicadeza y me rodeó el cuello con su luz. El amor nos llevó sobre sus alas y nos hizo entrar en la cueva de la luna.

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