Andrea Cabassi
HE270L era una de
las bases espaciales más antiguas, destinada a alojar a una sola persona.
Comparada con las de última generación, parecía minúscula, casi un apartamento
de un solo ambiente en el espacio: apenas albergaba la vivienda y el
laboratorio de Miguel, el encargado de mantenimiento, un muelle para los
vehículos de transporte y un convertidor clandestino de energía magnética que
había instalado el viejo Jep Evaso.
En sus años dorados, este se había
dedicado a importar y exportar bienes de naturaleza indefinida con un mínimo de
trámites burocráticos. Un contrabandista, podría suponerse; sí: un
contrabandista. Pero aquellos días habían quedado atrás. Ahora Jep era un
ciudadano honrado, lo bastante hábil para mantenerse lejos de los problemas y
evitar que alguien hiciera demasiadas preguntas sobre él.
Y Miguel no las hacía. Esta vez le
había traído una caja entera de Spuma Cedroni, según muchos, una de las mayores
delicias del universo. A cambio, le permitía retirar de vez en cuando la
batería cargada del convertidor y conectar otra.
HE270L formaba parte de una red de
satélites y otras bases llamada Aranea, en honor a la divinidad de ocho brazos
que, según la mitología, era capaz de atrapar al vuelo los dardos de luz que
lanzaba el dios Ioleo. La red formaba un escudo magnético que protegía a Ioleh
3 de su estrella, Ioleh, origen, desde hacía innumerables generaciones, de
tormentas geomagnéticas que azotaban el planeta a intervalos irregulares.
La red había alcanzado dimensiones
desmesuradas, pero, contra lo que pudiera creerse, necesitaba un mantenimiento
irrisorio.
Cada sector estaba a cargo de un
técnico capaz de ocuparse de todo. Tanto el escudo como los equipos de
mantenimiento funcionaban con energía iolar, abundante y fácil de aprovechar
allí, en el límite con el espacio abierto.
El escudo permitía que todo el
planeta utilizara tecnologías avanzadas que, sin él, sufrirían constantes
alteraciones por las perturbaciones magnéticas. Su gestión estaba en manos de
organizaciones supranacionales que, gracias a su imparcialidad, conseguían
representar a todos los gobiernos de Ioleh 3, de modo que ninguno pudiera
aprovechar la influencia de Aranea en el ámbito internacional.
Como ya se ha dicho, la energía
iolar bastaba para alimentar la red. Para evitar posibles tensiones
adicionales, se había declarado ilegal aprovechar las eyecciones de masa
coronal de la estrella para producir energía: la red no la necesitaba y el
rendimiento no alcanzaba para abastecer a todos. Una decisión política antes
que técnica.
Pero a Jep y a Miguel no les
interesaba la política. El primero tenía compradores fuera del planeta que no
hacían demasiadas preguntas; para el segundo, cualquier pequeña novedad,
incluso la mera compañía de alguien, era un tesoro del que lo privaba su vida
de técnico de mantenimiento. Además, sabía que aquello no era un delito en
sentido estricto, o al menos le gustaba creerlo.
Miguel acababa de poner la caja a
enfriar cuando vio que Jep regresaba mucho antes de lo previsto. Debía haber
surgido algún problema.
—¡Hay un equipo Reprendi que
inspecciona los paneles magnéticos! Sin la batería no creo que puedan averiguar
de qué se trata, ¡pero preferiría que no me encontraran!
—¿Y tu vehículo?
—Lo programé para que venga a
buscarme más tarde. Mientras tanto, ¿tienes algún escondite?
—¿En este agujero? El único es la Adma
Navis. Date prisa. En cuanto subas a bordo, la enviaré a hacer la ronda de
inspección. Allí estarás a salvo.
Jep le dio las gracias y se
escondió donde le había indicado, de modo que pudiera estar cómodo y no lo
descubrieran en una inspección superficial.
La Adma Navis era una
pequeña nave de carga convertida en taller espacial automatizado, con almacén
de repuestos. Podía realizar por su cuenta la mayoría de las tareas rutinarias:
sustituir un componente dañado, leer la configuración o medir los parámetros de
un instrumento, reponer materiales consumibles y demás. Incorporaba una cápsula
monoplaza que, con piloto o en modo automático, podía efectuar todas aquellas
intervenciones que necesitaran brazos robóticos, la introducción de un código o
una simple patada bien dada.
Con toda tranquilidad, Miguel envió
la Adma Navis, con Jep a bordo, a recorrer la ruta de mantenimiento
Gamma 912 B.
«¡Por una vez soy yo la mercancía
de contrabando!», pensó Jep mientras contemplaba la inmensidad del espacio,
dominada por aquella estrella que se acercaba al final de su existencia.
—Nos parecemos, tú y yo —le dijo—.
Solo que yo procuraré no engullir mis planetas para convertirme en un púlsar o
un agujero negro.
Con esos pensamientos, Jep se
adormeció y regresó en sueños a los días de su juventud, cuando vivía aventuras
al amparo de la libertad y de los vacíos legales de gobiernos totalitarios de
corte militar.
Una sacudida repentina lo despertó.
Sin mover un músculo, vio que una cápsula Reprendi se interponía entre el gran
ojo de buey del puente y la superficie de Ioleh. ¡Estaba allí!
Todo duró un instante. Jep dio un
respingo, una reacción nerviosa causada por el despertar brusco y la sorpresa.
El reprendi debió de interpretar aquel movimiento como un acto hostil, pues
viró con tal brusquedad que chocó contra un satélite.
Su equipo rescató al reprendi y se
alejó a toda prisa. El satélite, en cambio, había sufrido una grieta en el
panel iolar. ¡Había riesgo de que se abriera una brecha en Aranea!
—¡Miguel! ¡Ha pasado algo!
—Lo he visto todo. Además, tengo
dos malas noticias para ti: la primera es que debes acercarte de inmediato al
satélite MsiSat para evaluar los daños; la segunda, ¡que está a punto de llegar
una tormenta magnética!
—¿Una tormenta magnética? ¿Y qué
tengo que hacer?
—¡Moverte! He pedido ayuda a una
nave que puede llegar hasta ti antes de que sea demasiado tarde, la NS Metro.
Acercaré la Adma Navis al satélite todo lo que pueda. ¡Prepárate para
salir con la cápsula!
—Pero…
—¡No perdamos tiempo! ¡La brecha
está a punto de abrirse!
En caso de tormenta magnética,
Miguel tenía un protocolo que cumplir, de modo que le resultaba difícil
supervisar también las operaciones de Jep, quien, sin embargo, parecía
arreglárselas solo. Ambos mantenían un contacto de audio constante y, cuando la
NS Metro estuvo dentro del alcance, se incorporó al canal sin
preámbulos.
—Habla Karina, segunda comandante
holográfica de la NS Metro. Hemos acudido para prestar apoyo conforme a
las indicaciones recibidas. Por favor, active la interfaz holográfica de la Adma
Navis 1 para facilitar el contacto visual.
En cuanto Jep lo hizo, según las
instrucciones de Miguel, la segunda comandante Karina apareció a su lado,
vestida con un uniforme de mantenimiento idéntico al que había en el armario de
Miguel, quien prefería ropa más cómoda.
—Buenos días, encargado suplente de
mantenimiento del sector Gamma 912. Mi nave no puede acercarse debido a las
perturbaciones magnéticas en curso, pero, por lo visto, todavía es posible
establecer una conexión con mi interfaz. Por favor, reproduzca mis movimientos
para accionar estos rudimentarios controles de palancas y botones.
Miguel, que lo oía todo, se dijo
que sus controles serían sencillos, ¡pero no les faltaba nada y, además,
estaban a prueba de intrusiones! ¿Cómo se atrevía a hablar así? ¡Ya tenía
bastante trabajo sin que encima lo insultaran de aquel modo!
—Bien, el sistema de diagnóstico ha
elaborado el informe de daños. No parece haber averías importantes en los
sistemas vitales, salvo los paneles iolares, que están fuera de servicio. El
sistema auxiliar también parece descargado… ¿Nadie se tomó la molestia de
comprobar su desgaste? En fin, volvamos a lo nuestro: ya hay una brecha abierta
y es posible que cause algunas molestias en el planeta.
El optimismo exagerado de las
inteligencias holográficas era, como mínimo, proverbial. En efecto, la
situación en el planeta se parecía a la de una pirámide de latas de Spuma
Cedroni después de que un niño travieso robara una de la base y huyera, consciente
del desastre que había provocado: por la brecha ya había pasado suficiente
flujo magnético para poner de rodillas a la costa occidental del estado de
Zavidia, con parte de sus sistemas de defensa y la guarnición militar del río
Sha paralizados. Analistas de todo el mundo pronosticaron el estallido
inminente de una guerra con el vecino principado de Dagga, debido a las
continuas disputas sobre el trazado de la frontera entre ambos estados y los
derechos de explotación de las aguas del río que los separaba. Muchos sostenían
que Zavidia solo esperaba un pretexto y que aquella vulnerabilidad repentina le
ofrecía la oportunidad de poner de su parte a la opinión internacional.
La noticia no tardó en llegar a
Karina, quien enseguida la compartió con Jep y Miguel. La NS Metro, en
cambio, seguía incomunicada.
—Una guerra suele ser buena para
los negocios de un contrabandista —dijo Jep—, pero esos días han quedado atrás.
¡Tenemos que hacer algo!
Entonces advirtió que quizá había
hablado demasiado e intentó corregirse.
—¿Cómo es que no hay conexión con
tu nave, pero tú sigues aquí?
—Oh, me he tomado la libertad de
hacerte instalar una versión residente de mi núcleo. Una versión reducida, por
supuesto, pero debería bastarnos.
Jep releyó un par de veces el
informe de diagnóstico antes de proponer su idea.
—Si tuviéramos una fuente
alternativa de energía, podríamos poner todo esto en marcha y cerrar la brecha,
¿verdad?
—Exactamente. Pero necesitamos más
de lo que tenemos. La Adma Navis está fuera de servicio por la tormenta
y nuestra cápsula es demasiado pequeña para alimentar el MsiSat.
—En la Navis tengo una
batería de categoría 3 cargada al cien por ciento. ¿Podemos conectarla para que
el sistema vuelva a funcionar?
—Si de verdad tenemos esa batería,
¡me bastan un poco de alambre y un rollo de cinta adhesiva!
Karina había transferido su
personalidad bromista.
Una vez que recuperó la batería del
escondite, Jep demostró bastante habilidad para manejar los brazos mecánicos de
la cápsula. Las instrucciones de Karina eran sencillas y claras. Al final, solo
hubo que conectar la batería al sistema de alimentación auxiliar, que en
realidad era otra batería, y dejar que el MsiSat se conectara automáticamente a
la nueva fuente de energía.
La avería del satélite y la brecha
de la red habían quedado resueltas de forma provisional. Una vez que terminara
la tormenta, Miguel se encargaría de la reparación definitiva y de incorporar
la revisión de los sistemas auxiliares a su rutina.
Karina permaneció conectada al
satélite en modo de depuración unos minutos más antes de declarar que la
reparación funcionaba. En pocas horas, la intensidad de la tormenta descendió a
valores insignificantes.
La conexión con la NS Metro
se restableció y se abrió un canal entre el puente de mando y la cápsula de la Adma
Navis. Karina se ocupaba de la comunicación en ambos extremos.
—Aquí Karina, segunda comandante
holográfica. La avería de la red Aranea se ha subsanado con éxito. Hemos
registrado el uso de una tecnología no reconocida como apoyo del MsiSat.
—Responde la segunda comandante
holográfica local Karina, en funciones de ayudante de mantenimiento. La batería
en cuestión se encontró a bordo de la nave de carga Adma Navis. Se
desconoce su procedencia, pero, por fortuna, ha servido para resolver la
situación.
Karina también había transferido su
personalidad comprensiva y, antes de sincronizarse de nuevo con la NS Metro,
se encargaría de borrar de su registro un par de fragmentos de memoria para
favorecer a Jep. Las tormentas magnéticas también causaban esa clase de
trastornos.
Desde la nave, Karina transmitió a
la pantalla principal de ambos vehículos un noticiero que había captado en las
frecuencias planetarias: la guerra había estallado.
Zavidia, ante lo que consideraba
una amenaza, había invadido el principado de Dagga en nombre de su derecho a la
autodefensa. Y a la explotación de las minas de metales raros que había al otro
lado del río Sha, añadió con sorna el comentarista invitado al programa. Los
zaviditas también se habían proclamado descendientes de los creadores del
primer núcleo de Aranea. Un segundo comentarista destacó lo absurdo de aquella
afirmación: definió la red como una entidad distribuida a la que, por lo tanto,
no podía aplicarse el concepto de núcleo. El segmento terminó con una tanda
publicitaria.
—¿Qué has dicho?
Karina había oído a Jep refunfuñar.
Él respondió que nada. En realidad, según sus propias palabras, había llegado a
la amarga conclusión de que sus esfuerzos habían servido para restablecer
Aranea, el escudo que protegía al planeta de las amenazas procedentes del
espacio, de modo que sus habitantes pudieran concentrarse en amenazar al
vecino.
—Karina, esta nave es muy poderosa.
¿De verdad no se puede hacer nada para detener a esos locos?
—La tripulación de la NS Metro
cree firmemente en la vía diplomática para resolver incluso las cuestiones de
máxima gravedad entre los pueblos. Puede parecer egoísta o una opción cómoda,
pero la violencia no se derrota con más violencia. Lo que haremos será prestar
ayuda a los heridos e intentar abrir un diálogo entre las partes para alcanzar
una solución pacífica. El resto deben hacerlo ellos.
Jep había sido –era– un
contrabandista, y un contrabandista es hijo de la frontera: lo había creado la
separación entre las partes. Para él, una solución pacífica era un intervalo
durante el cual se preparaba el siguiente conflicto.
Eso no lo dijo. En el fondo,
aquella Karina le caía bien.
Andrea Cabassi (Brescia, Italia, 1978) ha llevado
una vida dividida entre la escritura y el ámbito digital, con incursiones
ocasionales en el mundo exterior. Su trayectoria literaria nunca ha seguido un
camino único: debutó en 2009 con un poemario, *Geloso permaloso lunatico e
noioso* (Tindari Edizioni), al tiempo que dirigía un ciclo de cuatro años de
lecturas colectivas de relatos, textos que más tarde se recopilaron en el
volumen *Matilde danza sulla riva* (2010). En 2014, publicó su novela distópica
*Pelicula* (Ute Libri). En los años siguientes, se centró en la narrativa breve,
abarcando el realismo mágico, los cuentos de hadas y la ciencia ficción, cuyos
textos aparecieron en diversas antologías y revistas especializadas. En 2026,
publicó *La ballata di Jack Tano* (Terzo Grado Edizioni), una novela en la que
la literatura de género se cruza con la experimentación posmoderna. Desde 1998,
publica en ryo.it artículos sobre el mundo de la escritura, además de noticias
sobre sus diversas actividades, tanto las legítimas como las de otra índole.

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