Víctor Lowenstein
El universo continuó expandiéndose, en líneas concéntricas que se
dilataban velozmente formando polígonos de incontables caras. La energía fluía demasiado
rápido desde su centro invisible, dilatando el borde inferior de un sistema
como un trueno efímero, una fuerza que oscureció de golpe la luminaria que lo
alimentaba. Fuera de su matriz, que desaparecía en destellos moribundos, las
realidades abortadas se seguían expandiendo hacia el infinito. Algo similar a un
terror elemental se apoderó de la forma más alejada, la que estaba destinada a colisionar
con el espacio frontalmente.
Temblaba ante la nada helada y su miedo se proyectaba
hacia su centro, hacia las nuevas líneas, que heredaban ese temor ancestral.
Era la forma primera; la más antigua, la primigenia. Su piel comenzaba a
retemblar por los costados; las partes débiles. Ruidos a quebradura de cristal
se escucharon en alguna zona de la periferia, y el llamado de auxilio fue una
ráfaga de luz disparada hacia adentro, que se aferró a la forma de más abajo, y
ésta a la que le seguía, uniendo toda la serie en una espiral que amalgamaba,
en su desesperación, el último suspiro de una estrella; el vagido nocturno de
un recuerdo sin nacer.
El anciano se desperezó; extendió los brazos
conjurando la inmovilidad. No era la primera vez que se dormía sentado en su
silla. Sí, sabía que sus viejos huesos acusarían todo el día venidero las
quejas del maltrato; ¿qué podía hacer? No era culpa suya, se había quedado
dormido leyendo el libro que ahora yacía a sus pies. Era de día ya; inútil
lamentarse. Bostezó, largamente. Restregó los párpados, pegajosos, espantándose
en el instante en que un trueno dentro de su cabeza hizo explotar uno de sus ojos.
Las formas comenzaron a decaer unas sobre otras. Las
caras o facetas de las mayores se apretujaban contra las que les seguían un
poco por debajo. Las frotaciones entre unas y otras provocaban una fricción
constante que recordaba el crujir del cristal de un espejo al romperse. Mas, la
Forma era ya un único organismo y sus caras, planos de realidades posibles,
se expandían, se deformaban y contraían en nerviosos disparos de luz radiante
para rehacerse al momento. La sabiduría interna jugaba con todas las
alternativas de lo posible: las realidades existían, pero no les era dado morir
sino con el esfuerzo de la Voluntad que las supo engendrar. No obstante,
no era ese el propósito. La Forma logró su supervivencia más allá de la
materia física. Fue protoplasma recreando su esencia de imágenes, y perdiendo
muchas de ellas también, seguramente, pero sin peligro de morir.
Los crujidos se escucharon durante algunos siglos más,
alterando el sistema nervioso del organismo, que aprendía así a sobrevivir,
atento a su mismidad. Cuando culminaron los últimos zozobres, hubo el deseo de
expeler algo como un grito de júbilo…destinado a perderse en la nada sideral.
Aproximó el rostro al espejo del lavatorio con la
actitud del pecador que se adentra en el confesionario. La superficie plateada
estaba agrisada de polvo y en los bordes, sujetos con tela adhesiva medio
despegada y ennegrecida por el lado del emplasto, permanecían fijos vellones de
telarañas con hebras sueltas que flotaban tristemente en el aire. Jacobo miró
con resignación su vieja cara, en la que no parecía haberse provocado mayores
daños. Aspiró el aire, que olía a trementina y dentífrico. Acercó la cabeza
para hacer un examen minucioso. Con un dedo deslizó hacia abajo la piel del párpado
izquierdo. Giró la pupila en todas direcciones. El globo ocular estaba bien; un
poco enrojecido, nada más. Lo había presionado demasiado al restregarse los
ojos. Eso era todo.
Fijó luego su atención en los arcos superciliares,
donde comprobó que ya casi no tenía cejas. Unas finas pelusas eran todo lo que
quedaba de ellas. La piel de toda su cara estaba mucho más pálida que años
antes. Se toqueteó las mejillas, la frente, las sienes, donde se habían
reventado algunas venas capilares. El espejo le devolvió también su propio
aliento fétido, y el anciano cerró sus ojos.
Luego de algunos milenios la Forma alcanzó a
estabilizarse por completo. La espiral ya no existía de manera visible pero sus
cuerpos, equilibrados finalmente, equidistaban en un reposo cercano a la
inmovilidad. Las realidades convivían interpenetrándose muy a menudo;
reviviendo episodios históricos de una época a otra; de un universo al
siguiente. Las criaturas que habitaban esos mundos asistían esas
extraordinarias representaciones sin notar la monotonía del acto repetido. La
Forma superior se ofuscaba o reía, harta o perpleja al advertir la idiotez
de los animalillos inteligentes que no aprendían la lección de su propia
historia cíclica. Había presenciado esa función, esa película, millares de
veces. Con distintos actores, en escenarios disímiles, bajo otros cielos y
sobre tierras vegetales tras campos magnéticos, o ante increadas dimensiones.
Siempre era igual. Su fastidio llevaba eones y, en el centro incognoscible de su ser fermentaba y se hacía furia, rabia, odio hacia toda manifestación de esa vida química de tan latosa lentitud… mientras el universo continuaba expandiéndose…

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