sábado, 7 de noviembre de 2026

EL UNIVERSO CONTINUÓ EXPANDIÉNDOSE

Víctor Lowenstein

 

El universo continuó expandiéndose, en líneas concéntricas que se dilataban velozmente formando polígonos de incontables caras. La energía fluía demasiado rápido desde su centro invisible, dilatando el borde inferior de un sistema como un trueno efímero, una fuerza que oscureció de golpe la luminaria que lo alimentaba. Fuera de su matriz, que desaparecía en destellos moribundos, las realidades abortadas se seguían expandiendo hacia el infinito. Algo similar a un terror elemental se apoderó de la forma más alejada, la que estaba destinada a colisionar con el espacio frontalmente.

Temblaba ante la nada helada y su miedo se proyectaba hacia su centro, hacia las nuevas líneas, que heredaban ese temor ancestral. Era la forma primera; la más antigua, la primigenia. Su piel comenzaba a retemblar por los costados; las partes débiles. Ruidos a quebradura de cristal se escucharon en alguna zona de la periferia, y el llamado de auxilio fue una ráfaga de luz disparada hacia adentro, que se aferró a la forma de más abajo, y ésta a la que le seguía, uniendo toda la serie en una espiral que amalgamaba, en su desesperación, el último suspiro de una estrella; el vagido nocturno de un recuerdo sin nacer.

El anciano se desperezó; extendió los brazos conjurando la inmovilidad. No era la primera vez que se dormía sentado en su silla. Sí, sabía que sus viejos huesos acusarían todo el día venidero las quejas del maltrato; ¿qué podía hacer? No era culpa suya, se había quedado dormido leyendo el libro que ahora yacía a sus pies. Era de día ya; inútil lamentarse. Bostezó, largamente. Restregó los párpados, pegajosos, espantándose en el instante en que un trueno dentro de su cabeza hizo explotar uno de sus ojos.   

Las formas comenzaron a decaer unas sobre otras. Las caras o facetas de las mayores se apretujaban contra las que les seguían un poco por debajo. Las frotaciones entre unas y otras provocaban una fricción constante que recordaba el crujir del cristal de un espejo al romperse. Mas, la Forma era ya un único organismo y sus caras, planos de realidades posibles, se expandían, se deformaban y contraían en nerviosos disparos de luz radiante para rehacerse al momento. La sabiduría interna jugaba con todas las alternativas de lo posible: las realidades existían, pero no les era dado morir sino con el esfuerzo de la Voluntad que las supo engendrar. No obstante, no era ese el propósito. La Forma logró su supervivencia más allá de la materia física. Fue protoplasma recreando su esencia de imágenes, y perdiendo muchas de ellas también, seguramente, pero sin peligro de morir.         

Los crujidos se escucharon durante algunos siglos más, alterando el sistema nervioso del organismo, que aprendía así a sobrevivir, atento a su mismidad. Cuando culminaron los últimos zozobres, hubo el deseo de expeler algo como un grito de júbilo…destinado a perderse en la nada sideral.           

Aproximó el rostro al espejo del lavatorio con la actitud del pecador que se adentra en el confesionario. La superficie plateada estaba agrisada de polvo y en los bordes, sujetos con tela adhesiva medio despegada y ennegrecida por el lado del emplasto, permanecían fijos vellones de telarañas con hebras sueltas que flotaban tristemente en el aire. Jacobo miró con resignación su vieja cara, en la que no parecía haberse provocado mayores daños. Aspiró el aire, que olía a trementina y dentífrico. Acercó la cabeza para hacer un examen minucioso. Con un dedo deslizó hacia abajo la piel del párpado izquierdo. Giró la pupila en todas direcciones. El globo ocular estaba bien; un poco enrojecido, nada más. Lo había presionado demasiado al restregarse los ojos. Eso era todo.

Fijó luego su atención en los arcos superciliares, donde comprobó que ya casi no tenía cejas. Unas finas pelusas eran todo lo que quedaba de ellas. La piel de toda su cara estaba mucho más pálida que años antes. Se toqueteó las mejillas, la frente, las sienes, donde se habían reventado algunas venas capilares. El espejo le devolvió también su propio aliento fétido, y el anciano cerró sus ojos.

Luego de algunos milenios la Forma alcanzó a estabilizarse por completo. La espiral ya no existía de manera visible pero sus cuerpos, equilibrados finalmente, equidistaban en un reposo cercano a la inmovilidad. Las realidades convivían interpenetrándose muy a menudo; reviviendo episodios históricos de una época a otra; de un universo al siguiente. Las criaturas que habitaban esos mundos asistían esas extraordinarias representaciones sin notar la monotonía del acto repetido. La Forma superior se ofuscaba o reía, harta o perpleja al advertir la idiotez de los animalillos inteligentes que no aprendían la lección de su propia historia cíclica. Había presenciado esa función, esa película, millares de veces. Con distintos actores, en escenarios disímiles, bajo otros cielos y sobre tierras vegetales tras campos magnéticos, o ante increadas dimensiones.

Siempre era igual. Su fastidio llevaba eones y, en el centro incognoscible de su ser fermentaba y se hacía furia, rabia, odio hacia toda manifestación de esa vida química de tan latosa lentitud… mientras el universo continuaba expandiéndose…      

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

   

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