viernes, 2 de octubre de 2026

TOP OF THE POPS

Michael Schmidt

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Estimados fieles, con motivo de su centésima misión, hoy transmitimos en vivo desde la cabina el diario de nuestro poseedor del récord, Sven, THE GUN. Como nos reveló THE GUN previamente en una entrevista exclusiva, cree que aún puede superar sus récords. ¡Démosle nuestros mejores deseos!

Como es habitual, para una ocasión como esta hay nuevamente numerosos sorteos. Esta vez pueden ganar planeadores de juguete de THE GUN, figuras de THE GUN, camisetas de THE GUN y tazas de café de THE GUN. Y quien responda a la siguiente pregunta: «¿Quién es el segundo en la lista de mejores de todos los tiempos detrás de THE GUN?», ganará un encuentro de dos horas con THE GUN

Y ahora, en vivo desde la cabina de THE GUN...

 

Me subo a la estrecha cabina del jet espacial, estiro las piernas y me coloco en posición. Afortunadamente, tengo una complexión pequeña y delgada; de lo contrario, tendría serios problemas de espacio. Pero, por lo general, esto ya se toma en cuenta al seleccionar a los pilotos; los requisitos físicos son un criterio de eliminación.

Y quien, con el paso del tiempo, piense en perder la forma física, lo pagará con servicio en tierra; en caso de reincidencia, para siempre. Esto también es necesario. Los requisitos son altos, ya que la esperanza de vida promedio de los pilotos es de apenas tres meses.

A pesar de ello, cada trimestre miles de hombres y mujeres jóvenes se postulan para una capacitación como pilotos de aviones a reacción, aunque todos conocen las consecuencias. Cuesta creerlo, pero hay muy pocas ciudades grandes en las que no haya una calle que lleve mi nombre. Y eso me enorgullece.

¿A qué batalla me dirijo?

Luchamos contra los menselijk, extraterrestres con apariencia humana que llegaron a nuestro sistema solar hace mucho tiempo. Aunque se parecen a nosotros en apariencia, tienen una mentalidad completamente diferente, lo que llevó primero a una guerra brutal que luego fue librada en nombre de unos pocos humanos y menselijk.

Doscientos aviones espaciales de cada bando se enfrentan durante dos semanas, hasta que uno de los bandos ya no envía más naves a la batalla o se encuentra en tal desventaja que el resto se rinde. Aunque el Menselijk individual no conoce la rendición, solo la lucha hasta el amargo final.

Por cada ronda ganada se obtiene un jet espacial adicional. Solo hay que lograr una ventaja numérica lo suficientemente grande, pero ninguna de las partes ha logrado una ventaja de más de cincuenta jets. Para luego perderla de inmediato.

Pero vamos por buen camino. Nuestra ventaja es de veintiocho naves, la mayor ventaja en mucho tiempo.

Esta vez lograremos ampliar nuestra ventaja hasta que sea insuperable. Alcanzaremos la victoria final y estableceremos mi récord para la eternidad. Expulsaremos a los menselijk de la Vía Láctea.

Pero aún queda mucho para llegar a eso. La suerte en la batalla es caprichosa y rara vez predecible.

Los índices de audiencia son enormes. La Santa Iglesia de la Nueva Fe se había asegurado el futuro para siempre gracias a los derechos de transmisión. Los escépticos incluso afirman que ese fue el propósito de su fundación.

 

Soy la estrella, el mejor soldado espacial genéticamente modificado de todos los tiempos. Mis admiradoras se desmayan en masa cuando realizo mis misiones. Mi correspondencia de admiradores está repleta de propuestas explícitas, lo cual me llena de orgullo, aunque no tenga ningún interés en ellas.

Declaraciones de amor en rima, fotos de chicas desnudas y sus fantasías escritas. Una mujer incluso quería volar en mi jet y seducirme durante la competencia...

Sin embargo, mi condicionamiento impide tales inclinaciones; los aspectos sexuales no influyeron en la selección de mis características. Por eso, no tengo experiencia con el género femenino ni lo anhelo. El tan citado instinto sexual masculino me es ajeno. Aun así, también disfruto de este tipo de fama.

Mi vida entera está determinada por las competencias; el tiempo entre ellas lo aprovecho para regenerarme por completo. Apenas hay algún daño físico que los médicos y sus tanques no puedan reparar.

La cúpula del piloto se cierra. Mi condicionamiento psicológico funciona a la perfección, gracias a la Santa Iglesia de la Nueva Fe, por lo que mi anticipación se limita a una suave euforia, hay que mantener la mente clara.

 

Miro a mi derecha hacia Martin, un francés delgado de origen asiático. Martin me sonríe con confianza. Levanto el pulgar y pongo mi expresión de victoria.

“Por fin empieza. A toda máquina. La victoria es nuestra. ¡Igualdad!”

Sin poder evitarlo, ambos nos reímos. Entonces llega el momento.

Reviso los sistemas por última vez, inicio la rutina de prueba. Como siempre, todo funciona a la perfección. Disfruto del último momento antes de que comience el procedimiento de arranque y den inicio los combates. Con toda la brutalidad y dureza que conlleva un enfrentamiento bélico. Desde los albores de la humanidad, nada ha cambiado en este sentido. Y desde el inicio de la historia de la humanidad, han habido hombres como yo que disfrutan de la lucha. Cuya pasión es la muerte. ¡Una sensación maravillosa, siempre y cuando sea yo quien la inflige y no quien la recibe!!

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

El marcador actual tras el primer día de batalla es el siguiente: Humanos 200, Menselijk 168. Hemos podido ampliar nuestra ventaja en cuatro. Este es el mejor resultado en tres años, dos meses y doce días. El avance decisivo está por llegar, lo sentimos. Nuestro profeta Peter T. Collins, como hombre afortunado, honrará mañana a tres vírgenes. Sigan luchando con esfuerzo incansable, la victoria final está cerca.

 

«Aquí THE GUN. ¡Escuadrón, en marcha! La victoria final es nuestra. ¡Libertad!»

Mi orden a través del sistema de comunicación a bordo es la señal de que empieza todo. El despegue. La fuerza G me clava con fuerza en el asiento. Salimos de JERICHO, el planeta base de la humanidad para esta batalla. A las 08:15, los menselijk nos siguen. Tras salir de las capas atmosféricas más externas, formamos la formación MANN –en honor a él mismo– y esperamos la señal de inicio. No puede tardar mucho más.

Ya se ve el resplandor del hongo atómico, justo en el centro del triángulo formado por JERICHO, 0815 y el sol HOLOCAUST. Nos dividimos en veinte escuadrones de doce aviones cada uno. Nos acercamos a la flota de los menselijk.

«Escuadrón, ¡adelante! ¡Justicia!»

Abro fuego; como poseedor del récord, tengo el derecho al primer disparo. Impacto directo. El Menselijk se desvanece en una nube de fuego.

Rayos de luz surcan el vasto vacío y envuelven a los cazas en explosiones deslumbrantes. Las descargas de plasma de la energía ionizada causan interferencias en los receptores de la radio de propaganda. A pesar de eso, las consignas motivadoras de Collins llegan a mi mente; como siempre, me invade la euforia de la justicia. En medio de ese éxtasis, logro mi quinto derribo. Y eso en solo cuatro horas. Un récord en potencia.

A mi derecha, detrás de mí, se produce una brillante llamarada. Me invade un profundo sentimiento de tristeza. Martin había sido un buen amigo. Hemos librado fantásticos duelos de entrenamiento. Me exigió mucho. Esta había sido su décima misión. Con ella había alcanzado el Top 100. Pero su vertiginosa carrera terminó abruptamente. Es una lástima.

«Escuadrón, han visto el final de Martin y saben lo que hay que hacer. ¡Justicia!»

Hago un giro brusco, giro violentamente y descargo mi sed de venganza contra un menselijk. La maniobra poco convencional pone en apuros a otros menselijk; mi escuadrón se dispersa y deja menselijk calcinados en las filas enemigas.

Luego, los menselijk se recuperan. La intensidad de los combates disminuye; ambos bandos actúan ahora con cautela. El primer día de combate llega a su fin.

«Escuadrón, ya está. Volvemos. ¡Igualdad!»

Giro, y los aviones humanos me siguen en formación de regreso a la base. Estoy satisfecho con cómo ha transcurrido la batalla hasta ahora. Nos hemos ganado el descanso, en el sentido más literal de la palabra.

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

¡Estimados fieles! Tras la primera semana, hemos logrado ampliar nuestra ventaja a cuarenta y uno. De nuestro lado, aún hay ciento cincuenta héroes en marcha por la Santa Causa. Sigan luchando, compañeros, la victoria final está cerca. Recuerden nuestros valores. Igualdad. Justicia. Libertad.

Para aprovechar la pausa, volveremos a explicar los acontecimientos históricos que dieron lugar a estas competencias:

Fue el HOMBRE. Con su valiente sacrificio, decidió a favor de la humanidad las batallas en Titán, la luna de Saturno, y marcó un punto de inflexión en el conflicto en un momento en que todo apuntaba ya a una guerra eterna. Los menselijk cumplieron con los acuerdos y, tal como se había estipulado, abandonaron nuestro sistema solar natal.

Pero la alegría duró poco. La humanidad pudo disfrutar de diecisiete años de paz, un fugaz momento de tranquilidad, hasta que ocurrió lo increíble.

Cuando la primera nave espacial cruzó la frontera del sistema solar, la paz terminó abruptamente. Así como los menselijk se habían apegado al pie de la letra a los acuerdos, así de intransigentes fueron al aprovechar esta nueva situación. Cada nave espacial fue reducida a sus átomos. Los menselijk consideraban que el acuerdo se aplicaba a los límites de nuestro sistema solar, pero no más allá de ellos.

Se avecinaba una segunda guerra, solo que esta se trasladaría al vacío del espacio.

Una vez más, fue el primer profeta de la Santa Iglesia de la Nueva Fe quien encontró una salida al dilema inevitable. Ninguno de los humanos quería una segunda guerra; las consecuencias de la Primera aún estaban grabadas en la conciencia de todos gracias a la propaganda de la Santa Iglesia de la Nueva Fe. Y los índices de audiencia habían sido enormes.

Se encontró una solución de mutuo acuerdo para evitar la guerra inminente, similar a la que había llevado a los combates en Titán.

Se eligió el sistema HOLOCAUST...

 

He aprovechado el descanso nocturno exclusivamente para mi rehabilitación. Mi acondicionamiento sigue funcionando a la perfección. Estoy en plena forma. ¡Acierto! Mi derribo número mil. Un hito histórico.

«Escuadrón, ofrezcamos algo a quienes se quedaron en casa. ¡Justicia!»

Volamos brevemente en formación, formamos el signo de la victoria; a los millones frente a las pantallas de televisión les encanta eso.

Pero la euforia se desvanece. La batalla se vuelve más dura, las bajas son mayores. Buena gente. Poco a poco vamos perdiendo fuerza, pero a los Menselijk les va peor. A medida que pasa el tiempo, se agotan las reservas físicas y psicológicas. Los primeros de nosotros se sacrifican en la batalla, emulando al HOMBRE. Entonces termina la primera semana. Una vez que se ha superado esta etapa, el final empieza a vislumbrarse lentamente.

«Escuadrón, ha llegado el momento. Volamos a casa. ¡Igualdad!»

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Tras la primera semana, logramos ampliar nuestra ventaja a cuarenta y uno. De nuestro lado, aún hay ciento cincuenta héroes luchando por la Santa Causa. Sigan luchando, compañeros, la victoria final está cerca. Recuerden nuestros valores. Igualdad. Justicia. Libertad.

 

«Escuadrón, máxima concentración. Hoy es un buen día. ¡Libertad!»

Me siento bien, este es mi día, estoy rebosante de energía. Lo siento en lo más profundo de mi ser: hoy se tomará la decisión y ocuparé un lugar importante en la historia de la humanidad. Me haré inmortal con la victoria.

Giro bruscamente los mandos, me meto en una trayectoria estrecha y sinuosa, y luego catapulto el jet en picada hacia la izquierda y arriba. La presión aerodinámica es enorme. La máquina chilla, pero ya me he deshecho del menselijk que me pisaba los talones. Mi escuadrón se abalanza sobre él y lo destruye. La victoria está cerca. Un breve suspiro de alivio. Disfruto del momento de calma.

De repente, se produce un golpe brutal. Mi nave da un salto hacia adelante. Me han alcanzado. El jet entra en barrena. Pero aún es maniobrable. Realizo una maniobra evasiva, dirigiéndome en diagonal hacia mi escuadrón. Mi escuadrón acude en mi ayuda y ahuyenta a los menselijk que nos atacan.

Hago un balance. Mi capacidad de aceleración ya es solo del 70 %. Además, los controles ya no responden de manera óptima; más bien, lo hacen de manera mínima. La situación se ve mal. Al parecer, mi capacidad de concentración se ha visto afectada, nublada por la euforia de mi supuesta superioridad. Me he confiado demasiado, y ahora estoy sufriendo las consecuencias.

Vuelo por el espacio girando descontroladamente. Pongo rumbo para salir del sistema, lejos de la batalla. Pero voy demasiado lento. Otro impacto de rebote hace temblar la nave.

Me duele el brazo como si estuviera en llamas. Partes del revestimiento interior se me han clavado en la parte superior del brazo. Mi acondicionamiento también ha sufrido daños. El sudor me gotea por la frente, me tiemblan las rodillas. Me cuesta respirar. Esto nunca me había pasado. Los pilotos de aviones a reacción son sometidos a un entrenamiento psicológico durante su formación para que repriman cualquier sentimiento, como el miedo o la duda, y puedan reaccionar como una máquina en cualquier situación. Pero ahora todo eso se ha esfumado. Vuelvo a ser humano.

En mis pantalones surge una excitación nunca antes experimentada. Las cartas de admiradores que recibí en el pasado se me presentan en una dimensión completamente nueva. Imágenes de chicas jóvenes de pechos generosos aparecen ante mi mente. Cuerpos desnudos en poses inequívocas, con las piernas abiertas y las manos justo en el lugar que más me excita en este momento. Un espasmo incontrolable recorre mi cuerpo, un éxtasis de los sentidos. Todo mi pensamiento se concentra en esta única cosa. Aparto la mano y la reemplazo por la mía. Puedo sentir su excitación literalmente.

«Sí, te quiero. Te quiero ahora. Me da igual esta maldita guerra. Ahora soy humano».

Me desabrocho los pantalones y la penetro con mi virilidad recién despertada. Su olor dulcemente ácido, el sabor salado de su piel me vuelven casi loco.

Mi corazón late a toda velocidad; cada músculo, cada nervio está en máxima tensión. Mi ritmo respiratorio se acelera, el pulso hace que la sangre corra a toda velocidad por mis venas. De repente, tengo los pantalones mojados. El sueño se desvanece. Aturdido, regreso a la realidad. Y lo que veo me deja paralizado. Mi primer orgasmo será, al mismo tiempo, el último.

Mis músculos se contraen sin control, un temblor recorre todo mi cuerpo. Algo que nunca antes había experimentado domina ahora todos mis pensamientos. La sensación de miedo puro y primitivo, el miedo a morir.

Activo el sistema de comunicación de a bordo.

«¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! Se están acercando cada vez más. Cada vez más. ¡Ayúdenme!»

En mi popa hay tres menselijk. Y mi escuadrón llegará demasiado tarde para ayudarme, la distancia es demasiado grande. La opresión en mi pecho alcanza proporciones insoportables. Cada respiración se convierte en un tormento. Mis párpados y las comisuras de mi boca se contraen sin control. Suelto el timón, ya que ya no tengo control sobre los músculos de mis brazos.

«¡Cabrones, no pueden dejarme morir así sin más! ¡Maldita sea! ¡Hagan algo!»

Se alternan vetas negras y rojas, siento un frío sordo en mis sienes.

Literalmente se me escapa un grito prolongado. Golpeo el tablero, el revestimiento. Me duelen los dedos, me corto con un borde, pero el dolor no llega a mi cerebro.

Me araño la piel de las mejillas con las uñas, pero el pánico absoluto sigue teniéndome en su implacable agarre.

“¡No quiero morir! Apenas estoy empezando a vivir. Su miserable pandilla frente a sus pantallas de televisión...”

Los segundos se alargan hasta convertirse en eternidades. Lo vivo como en cámara lenta. Los enemigos se acercan cada vez más. Describen un pequeño bucle, como si quisieran burlarse de mí, prolongar el momento de agonía hasta la última fracción de segundo.

Entonces, las bocas de los cañones se encienden. El universo resplandece.

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Volvemos a la cabina de mando de THE GUN. Mientras los menselijk se han concentrado en nuestro récord, Martin, “the gun”, el resto de la escuadra logró debilitarlos tanto en otros frentes que, en un futuro cercano, lograremos la victoria final. Por el momento aún quedan once planeadores de los menselijk... Un momento, el número acaba de reducirse en tres más. Estoy contando la cuenta regresiva en vivo.

¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!

La victoria final es nuestra.

Dediquémosla a nuestro Martin, aunque lamentablemente ya no pueda vivir para verla. A cambio, pasará a los anales de la historia de la humanidad como sucesor de MANN.

Debido a este alegre acontecimiento, hoy hay otro concurso. Si responde la siguiente pregunta, puede ganar una estancia de dos semanas en Jericó:

¿Por qué se nombró al HOMBRE salvador honorario de la Santa Iglesia de la Nueva Fe?


Michael Schmidt es un autor, editor y activista literario alemán que reside en Lahnstein. Sus historias son el equivalente, en la literatura, al rock pesado en la música. Explora principalmente los ámbitos del terror y la ciencia ficción, pero tampoco rehúye otros géneros literarios. Disfruta combinando literatura y música.

 

 

UN BOSQUE

Alex S. Johnson

 

Un bosque. Tallos de sinfonía extruidos. Manzanas de caramelo con un aire de lascivia.

Me yergo ante los anchos hombros de la galaxia. Aún no me he desarrollado, pero temo el florecimiento perverso que onduló los cuerpos de mis hermanas. Nosotras nos convertiremos en nuestra madre. Seremos los pétalos suaves y criaremos lobos en nuestros vientres. Acecharemos. Y seremos acechadas mientras llevamos medias.

Los tigres agitados en el caldero aún no han despertado. Sus ojos oscuros, sus secretos latentes, son mis ojos, mi propio fuego latente. Mis desiertos. Mi yermo estéril. Mi copa rebosante entre los muslos. Mi clítoris en forma de medialuna de diamante.

Mis espacios oscuros, ecos moleculares a través de la pista de baile. La carga de los sueños, reflejos tamizados, espejos que sonríen ante la deriva de vilanos de diente de león hecha lágrimas fractales.

Soy una niña con vestidos rosas. Ya he usado tacones. He almacenado secretos en mi armario. Sueño con ventanas. Puertas. Hechizos. Oigo acercarse calíopes. Ventiscas de payasos y bufones. Inviernos que coronan el carnaval.

Aquí conviven todas las estaciones. Aquí, la lluvia viste al sol con trajes coloridos. Aquí hay gigantes. La escarcha azota las cavernas donde habitan las hadas. Aquí, las lágrimas no tienen oportunidad.

Visito a la abuela con mis lazos y mi andar saltarín. Sus labios están marchitos. Sus ojos, cerrados. Yo le he cerrado los ojos. Me despido. Beso sus labios fríos. Rezo mis oraciones.

La sensación térmica... se clava en mis células. Estoy desnuda ante los elementos. El sol de verano se enciende en mis entrañas. Estoy aquí para ustedes hoy, mis bellas criaturas del bosque.

El bosque sonríe; un dedo largo y cantante me hace señas. Sus muslos son arcoíris; su invitación, al banquete. Acepto el banquete. Acepto el mapa hacia las cavernas, respiro hondo, impregno mi piel con sus colores. Me he arrodillado ante el estante donde el viento tomó su primer aliento tras echar un vistazo a la Enciclopedia de los Sueños.

Todos los sueños convergen. Sus rodillas se elevan. Sus pechos se desploman. Sus pechos firmes, dorados, maduros como manzanas. Sus ojos, color espuma de mar, son espejos de los míos.

He probado los primeros frutos de la cosecha de la melancolía. Hinchan mis mejillas. Mis alas crecieron con un dolor tan dulce. Una consagración virginal; eco de doncellas bailando en el claro.

Estamos vestidas de estrellas y somos maravillosas; estrellas que se agitan bajo nuestra piel translúcida. Es seguro aquí, entre mis hermanas. Es el amanecer aquí, entre las arrugas rosadas y prominentes y los coágulos de sangre. Saboreo el hierro y escucho el rugido del carmesí. Me acerco a las primeras ramas que se ofrecen a mi alcance. Tomo la raíz con avidez, lamo la punta y la devoro entera. La savia: mantequilla dulce, sal. Otros matices más oscuros.

Mis hermanas se unen a mí en el festín. Devorando al servidor del bosque, de caderas caprinas. Él ha estado ante nosotras desde siempre. El guía. Somos su coro de hermanas pequeñas. Nos arrodillamos a su servicio. Al del Señor y la Dama. En el bosque, los animales –con ojos tan abiertos como el interior de su muslo izquierdo ante mi lengua– nos devoran mentalmente. Somos su alimento; ellos, el nuestro.

El invierno ha llegado a la mente de la Dama; ella se confunde. Su deriva es una deriva de copos infinitesimales; y entonces, de repente, surge una vena oscura, su tobillo, un espasmo. Un gemido. Las hermanas se han reunido con nosotras. Nuestros pechos jóvenes crecen bajo la sonrisa estrellada del Señor del Bosque. Él nos ve a través del prisma de nosotras mismas. Nuestros apetitos engendran más apetitos. No tememos a nada. Somos sabias. A los catorce. A los diecisiete. A los cuarenta. A los nueve. A los cero. Antes de nacer, nadábamos como peces. Antes de nacer, atrapábamos las corrientes térmicas. Antes de nacer, correteábamos por el bosque: comiendo, bebiendo, follando.

Éramos sabias. Éramos desconocidas. Nos brotó pelaje. Nos brotaron escamas. Nos brotó la desnudez. Estábamos vestidas de niebla. De caricias aterciopeladas... la lengua de la Dama nos exploraba.

El Señor del Bosque sonríe. Nosotras lo guiamos hacia nuestro interior. Él se siente como corteza sobre nuestra piel tersa y tierna, savia desbordante, almíbar pegajoso, explosiones de acritud.

Gotas herrumbrosas. El principio y el fin. Me ha crecido una cola. Aúllo. Perfección peluda. Me ahogo en el espejo infinito y resonante del arroyo. Me veo crecer entre los zarcillos, las raíces, las ramas, el musgo. Mis pechos brotan de la piedra. Me arrodillo ante su grieta y saboreo en mi lengua el gozo del diamante al licuarse. Saboreo imperios de manzana y putrefacción.

Me he cosido al bolsillo de la Dama y aguardo instrucciones.

Yazco en un lecho de setas. Mis hermanas hongos me atraen hacia sus mantos. Soy libre, ahora.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

 

PAZ Y RUTINA

Gerardo Horacio Porcayo



 

I

Se dejó caer sobre la nada acolchonada pared de cromo-molibdeno.

Y no tuvo ganas de trepar, simplemente extrajo la cajetilla de Parisienes y encendió el último... El foco de 100 watts, desnudo y opaco por los restos carbonizados del filamento, lo remitieron a las costumbres añejas; allí, a contraluz, en arquitecturas retorcidas y primigenias, el humo moldeaba Necrópolis de poder, bestias mitológicas, simples quimeras capturadas por las paredes de su celda.

Su Conciencia era de otro tipo. No había furia, frustración o apatía. Podía esperar —de hecho lo hacía—; horas, minutos, días... Mucho más.

El reloj no. Se consumía en movimientos, en furiosos caminares cíclicos. Estaba exasperado. Más allá de lo recomendable.

—El sol está expandiendo su masa y va a comerse a la tierra —amenazó con voz de maquinaria suiza. Era un reloj conservador, había desdeñado las maravillas de la tecnología de punta, por no hablar de los preciosos Holodisplays o de las funcionales pantallas de cuarzo... Aún con su actual trabajo no se arrepentía del péndulo que oscilaba en su vientre.

—Sí, por supuesto —respondió el hombre desde la pared oeste, arrojándole la colilla.

—¡Hace falta disciplina! —bramó el reloj a través de cuatro canales de emergencia y del mismo aire.

—Eres un mentiroso —acusó el hombre, hundiendo ojos y cara entre las piernas—. Aún faltan ocho siglos antes de que el sol se vuelva gigante roja.

—Tic-Tac, tic-tac-tictactiiiiiiic —maldijo.

La escotilla chirrió con goznes podridos por el óxido y dio paso a un grupo militar.

—Baja de allí —exigió el jefe de patrulla desde el umbral. Era nuevo... Nuevo en el oficio de guardián. Su pectoral estaba lleno de cicatrices de guerra. Una coraza abatida por un desintegrador de largo alcance. Había perdido también los brazos. El izquierdo era más obsoleto que el derecho, ambos ajenos al diseño original.

—¡Qué te bajes! —gritó el sargento primero. Un robot de cuarta segregación. Primitivo hasta la ridículo. Los seis patrulleros restantes emitían luces de codicia a través de sus objetivos oculares.

—Quiero un cigarro.

—Enséñenle lo que son los modales —dijo el reloj—. Tengo que convivir con él cada puto eón.

—Grrr —dijeron los patrulleros, empuñaron sus armas e intentaron todas las tácticas conocidas... En realidad no fueron todas, querían preservar sus vidas. También la celda.

—Si me dan un paquete incluso les prometo sufrir —argumentó el hombre, luego de soportar, con una suerte de conmiseración, sus esfuerzos.

El sargento primero alargó tres cajetillas.

—¿Cobalto 1000? —se quejó, ofendido, leyendo las cubiertas— Por esto cuando mucho han de esperar unos cuantos gemidos.

El jefe de patrulla (un capitán de mierda), dio la señal. Lucía derrotado. Tres androides obedecieron al instante, entregando con solemnidad el tributo.

El hombre abrió el paquete de Parisienes y encendió uno antes de iniciar el descenso.

Los robots babeaban aceite. Estaban hambrientos.

—¿Ahora qué va a ser?

Los androides mostraron gustosos sus instrumentos de tortura.

El hombre los miró, compasivo.

—No otra vez. No nos tortures así... Aunque sea finge llorar...

—Bueno —dijo el hombre y se les adelantó rumbo a la cámara de tortura.

 

II

—Ayer emergió una flota de Cygnus X-1 —amenazó el reloj, cansado de mover el péndulo. Ya no era el mismo, los años lo estaban venciendo—. Vienen en son de guerra. Van a destruir el planeta.

—Mmmm —comentó el hombre y se dejó caer en el techo. Hacía calor. Sobre todo al lado del foco. Lo pateó. En realidad le había hecho un favor. La pobre bombilla agonizaba desde hacía tiempo.

—¡Eres un desconsiderado! —lloró el reloj— Me paso las horas alegrándote la vida y mira cómo me tratas.

—Quiero un cigarro —exigió.

El reloj, acostumbrado a su indiferencia, cesó su dramatismo. Aún tenía una misión que cumplir. Transmitió en 360,000 bandas.

Y pasaron dos días.

—¡Oh, excelso! —dijo el jefe de la comitiva. Pertenecía a la segregación racial ochenta y dos— Soy mensajero de los deseos de mi pueblo y...

—Al grano. ¿Qué ofrecen? —cuestionó el hombre, sin mirar al capitán de guardia. Ni siquiera estaba dispuesto a derrochar rencor. Se les habían acabado las reservas. Habían perdido una batalla. Era todo. Fin del drama.

El jefe de la comitiva chasqueó sus dedos metálicos. El sonido se produjo en su altavoz, no en los dedos. Cuatro robots descargaron el baúl y con una solemnidad extrema lo abrieron. Botellas de vino tinto, paquetes de cigarrillos y otras cuantas bagatelas destellaron bajo la luz del foco.

—¿Tienen más? —preguntó él, sin fijar la vista, sin un asomo de necesidad o alegría.

—Toneladas. Cientos de toneladas —dijo el jefe de la comitiva. En su voz asomaba un regocijo irreprimible—. Y aún más. De hecho hemos preparado una sorpresa en su honor.

Él torció el gesto.

—Sí, claro —dijo—. Pero no quiero caminar.

Ocho robots, ataviados al estilo de la Grecia antigua, entraron a la celda. En sus manos portaban una camilla real.

Se dejó caer al suelo y luego se acomodó en el diván Holywoodesco.

El reloj empezó a llorar.

—Voy a morirme de tristeza —amenazó—. Me voy a suicidar. Sin ti la vida no tiene sentido.

—Tráiganlo —dijo él.

El reloj no esperó confirmación alguna. Se descolgó de la pared y se abrió paso a través de la gimiente masa de sus colegas que suplicaban una venia semejante.

Hizo oídos sordos a las súplicas. Hacía tiempo que precisaba un cambio... Por mínimo que este fuera.

El sol constituyó la primera molestia. Los alabos la segunda. Durante todo el trayecto hubo de soportar pleitesías, batallas suspendidas para admirar su paso.

El estado de la tierra no lo sorprendió en lo absoluto. Era un inmenso caos: aire contaminado, tierra seca, arboles muertos, ciudades devastadas, cráteres, armatostes oxidados, robots agonizantes... Nada nuevo.

—Me estoy cansando —murmuró y los androides aceleraron la marcha.

 

III

La observó con cierta amargura. Habían dicho la verdad, era una sorpresa, una parte de sus sueños. Pero sus sueños ya no eran nada.

La congregación contenía el aliento. No lo necesitaban, simplemente habían aprendido a hacerlo.

—Hola, Norma Jean —dijo, encendiendo un cigarro.

La rubia sonrió, provocativa, mientras la parte inferior de su vestido blanco se inflaba bajo una ráfaga de aire.

No consiguió excitarse, se limitó a admirar la escena como si esta estuviera plasmada en la holovisión.

Una cama con colchas de damasco rojo, brotó del piso unos metros atrás de la rubia.

—He estado esperándote —dijo Norma Jean, sin dejar de sonreír. Su cuerpo se desvivía en movimientos voluptuosos que iban dejando atrás la ropa. Finalmente, dos altos y firmes senos lo miraron con fijeza y una suerte de lascivia.

Era una reproducción magistral. No pudo dejar de sentir un ramalazo de deseo. Se acercó lentamente a la rubia y tocó un seno. Cálido, terso, sediento...

La rubia no pudo esperar más. Su verdadera consistencia la traicionó. Lo izó como si fuera un muñeco de peluche. Estrujándolo, caminó hacia el lecho. La multitud se deshacía en vítores, sus objetivos oculares estaban en opción telescópica. No querían perderse un solo detalle.

Norma Jean lo cubrió de besos. Y no eran nada. Le parecía estar siendo explorado por unos tentáculos fríos, que dejaban a su paso un rastro viscoso. Se sintió asfixiado, pese a que ya nunca podría estarlo. Las manos de la rubia se movían expertas sobre sus zonas erógenas. La ropa iba abandonando su cuerpo en ese ritual casi olvidado. Sus instintos no olvidaban y pronto tuvo una erección.

Y fue el colmo.

La exasperación fluyó en sus venas. Estaba harto. Quiso acabar aquella molestia de una vez por todas. La rubia no estuvo dispuesta a cooperar, seguía sus propios deseos, su propio programa erótico.

Y la golpeó. Con saña y desesperación. La rubia se mostró sorprendida, por un momento permaneció rígida, luego se echó a llorar.

Y no lo conmovió ni un ápice. En lugar de ello siguió atacando, abrió sus piernas y la penetró con impulso asesino.

Ella gimió. La multitud también.

Se movió rápido, sobre el cuerpo de Norma Jean. Ni siquiera pensó en cambiar de postura. Le urgía matar la erección. La rubia, superada la duda, trató de alcanzarlo con los labios.

Y la volvió a golpear. Una y otra vez. Un asco mortal lo poseía. Quiso robarle cualquier símil de placer, cualquier vestigio de goce.

Ella se adaptó al ritmo.

—Sí, pégame. Más, más fuerte.

Y siguió las instrucciones. Sus puños se convirtieron en martillos indestructibles. Primero se vinieron abajo los dientes, luego los ojos botaron como canicas. Fue entonces cuando los sistemas de emergencia le dijeron a la rubia que debía defenderse. Contraatacó a ciegas. Él estaba preparado, sabía lo que podía pasar. Arrancó de cuajo ambos brazos y siguió golpeando su cara hasta transformar su belleza en una masa sanguinolenta e irreconocible, hasta hacer crujir el cuello. Luego sus dedos se posaron sobre los senos, exprimiéndolos, queriéndoles sacar una chispa de deseo. La sangre se coaguló en el damasco rojo y cuando finalmente eyaculó, de Norma Jean no quedaban sino fragmentos de carne y metal.

Se incorporó echo una furia dispuesto a arrasar con el auditorio.

Pero ya no podía hacer nada. Toda la congregación había quedado reducida a chatarra. En pleno éxtasis, lo habían imitado, todos y cada uno de los robots...

Suspiró. Podía deshacer la ciudad, pero no iba a servir de nada. Cabizbajo, desnudo y sin horizontes, caminó lentamente hasta la nueva celda.

Ya pasaría el tiempo.

 

IV

El problema era que aprendían demasiado rápido y nunca olvidaban. Era la historia de sus vidas. Desde el principio habían sido así. Nada los hizo cambiar.

Ahora lo descuidaban aún más. Ya no sólo era imitar las guerras interminables de la humanidad. Les había enseñado algo nuevo...

—Quiero un cigarro —dijo.

El reloj permanecía adormilado, incluso había dejado de mover el péndulo.

—¡Quiero un cigarro! —gritó.

El reloj despertó, exaltado. Su péndulo vibró con miedo. Luego identificó en qué lugar estaba. Hizo un repaso a sus bits de memoria y luego se quejó.

—Es el colmo, ni siquiera puedo tomar un sueño. Quiero un cigarro, quiero un cigarro... ¡Bah! —mientras hablaba, hizo contacto con la red informativa. Los resultados le hicieron torcer el gesto— No hay nadie disponible. Ayer fue día de tregua y hubo orgía en todas las ciudades...

—¡Necesito un cigarro! —vociferó el hombre.

—Sí, ya sé, ya sé —dijo el reloj, descolgándose—. Nunca hay descanso para mí. Nadie me tiene consideración... Estas reumas me están matando y...

Y se perdió en el pasillo, junto con su voz.

Regresó una semana más tarde.

—¿Los fuiste a sembrar? ¿O qué?

—Traigo noticias —respondió el reloj, dejando en el piso un costal lleno de Parisienes.

—Mmm —dijo el hombre, prendiendo un cigarro.

—La flota que salió de Cygnus X-1 está orbitando nuestro planeta. La invasión es inminente.

—Mmm —dijo y siguió aspirando.

—Ayudé a reconstruir a tres robots de cada ciudad. No van a estar listos a tiempo... Voy a ayudarlos —dijo el reloj y en un comportamiento inusual dio media vuelta.

 

 

V

—Quiero un cigarro —volvió a gritar.

El eco fue su única respuesta. El maldito reloj lo había abandonado. Tenía dos horas sin fumar, ocho días sin ver a nadie.

Se dejó caer en el piso, atravesó la escotilla abierta y se adentró en los túneles. El refugio parecía estar lleno de vida: fresadoras, sopletes, remachadoras y sistemas de ventilación.

—Así que aquí están —comentó al llegar a la nave industrial. Nadie volvió la vista. Cientos de robots trabajaban a marchas forzadas, construyendo réplicas de sí mismos, armas y vehículos de batalla.

Se alzó de hombros y siguió caminando. No conocía el complejo y gastó media hora antes de encontrar el almacén. Destapó una botella de vino tinto y la bebió de un trago. Luego se apoderó de cuatro paquetes de cigarrillos y emprendió el regreso.

Frente a los hangares se topó con el reloj. Su respuesta fue inmediata. Lo pateó.

—No te traje aquí para que perdieras el tiempo —regañó.

El reloj se incorporó, herido y avergonzado. Un relé chisporroteaba insistente en su pierna izquierda.

—Lo siento... Estamos desesperados la flota invasora ya arrasó con tres ciudades y... —y se paró en seco. El hombre había hecho un ademán. Uno sólo. Hacía mucho tiempo que no lo empleaba. El reloj inclinó su estructura, con humildad. Luego simplemente lo siguió.

 

VI

Temblaba de miedo. Su péndulo se movía con nerviosismo.

—Deja de hacer eso —dijo el hombre, aspirando con deleite el humo.

El reloj no pudo escucharlo. El sonido de la batalla era enloquecedor pese a la protección de las cimbreantes paredes de cromo-molibdeno.

—¡Vamos a morir! —chilló el reloj.

El hombre le arrojó el Parisienes y luego encendió otro.

—Sólo quedamos tres ciudades —argumentó, su péndulo como gelatina—. ¡Estamos perdidos!

—¡Cállate! —vociferó el hombre tirándole una botella vacía. El ruido que hizo al estrellarse contra su carátula fue excesivo... No era el único. Las paredes se vinieron abajo, rugiendo, coreando el sonido de los cristales rotos.

Lo peor no fueron las toneladas de escombro sobre su espalda. Había perdido la paz, su refugio... También sus cigarros. Estaba hecho una furia. Golpeó a diestra y siniestra, con toda su fuerza. Pronto alcanzó la superficie.

La ciudad estaba deshecha. En sus ruinas un grupo de alienígenas celebraba su nueva victoria. Eran humanoides de piel translúcida y cuatro brazos. Las mujeres poseían además un par extra de senos.

No lo vieron hasta que estuvo en medio de ellos. Era un hombre alto, sucio y desaliñado. Sus ropas eran jirones de tela. Su ceño... Su ceño los hizo tomar las armas y encañonarlo.

—Ni un paso más, amigo —dijo el alienígena más alto. Seguramente era el comandante de la nave que los protegía bajo su sombra.

—Quiero un cigarro

—De este hablaban los robots —terció una extraterrestre de extraordinaria belleza.

—Ajá —dijo el comandante—. Así que tú eres el único sobreviviente de la raza humana.

—Quiero un cigarro.

—Los archivos dicen que fue el único que no se suicidó cuando, después de la cuarta guerra mundial, descubrieron que eran inmortales, invulnerables a cualquier cosa conocida —informó un alienígena decrépito—. Se llama Asterión.

—No seas idiota —dijo la alienígena—. Si eran invulnerables no pudieron suicidarse.

—Se arrojaron al espacio —refunfuñó el viejo.

—Quiero un cigarro.

—Pero entonces no están muertos —afirmó el comandante.

—El caso es que no están aquí. Los robot dicen que se hartaron de todo.

—¿Y este por qué no se fue?

—Pregúntale...

—¿Por qué no te fuiste? —curioseó la alienígena.

—¡Quiero un cigarro!

—¿Por qué se hartaron? —preguntó el comandante.

—¡QUIERO UN CIGARRO!

—¡A mí no me grites, imbécil! —bramó el comandante golpeándolo con la culata de su fusil. No estaba acostumbrado a que desobedecieran sus órdenes.

Y fue todo.

El hombre. El último hombre de la tierra, crispó los puños y empezó a repartir golpes. No hizo caso alguno a los láser, las bombas atómicas o al embiste de la nave. Simplemente golpeó hasta acabarlos.

Y no quedó conforme, fue en busca de los otros.

 

VII

Lo vieron llegar por el oriente.

Sus manos dejaron de temblar sobre los controles del armamento. Algo, en su actitud, les dijo que todo estaba bien, que ya no había más invasores.

Después, todo fue alegría. Salieron a recibirlo en un caos de voces, manos que se extendían para tocarlo, besos en los pies.

—Quiero un cigarro —dijo el hombre. Venía desnudo y cubierto de cenizas.

Los robots no paraban de agradecerle. Trataron de cargarlo en hombros y fue todo.

—¡QUIERO UN CIGARRO! —bramó.

No hicieron falta más palabras. Los robots corrieron a buscar viandas, tributos.

El hombre seguía con ellos.

Pronto todo fue paz y rutina.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

 


EL CAMINO DE LOS HONGOS