martes, 29 de septiembre de 2026

UN PROYECTO LUCRATIVO

 Fernando Sorrentino

 

 

1. Fuera de la ley

Cuando me mudé, desde la Reina del Plata hasta la localidad suburbana de Martínez, observé que la mayor parte de las casas mostraban jardín o cochera al frente. Unos cuantos propietarios acostumbraban dejar —conectada a la canilla— la manguera con que regaban el jardín o lavaban el auto.

Circunscribiéndome al cuadrilátero comprendido por las calles Fleming, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y Paraná, ejecuté un cálculo matemático cuyo resultado fue que, en esa área, habría —considerando el habitual margen de error de toda estadística seria— 10.920 mangueras.

Ahora bien: si consideramos que el precio promedio de una manguera de mediana calidad es, en la Argentina, el equivalente de treinta dólares estadounidenses (la inflación me veda formular el cálculo en moneda nacional), obtenemos como resultado que el conjunto de mangueras disponibles en esa zona de Martínez representa una cifra de 327.600 dólares.

Para una persona como yo, docente de literatura jubilado que siempre ha vivido de su escueto salario, los 327.600 dólares desencadenaron mi codicia.

Las mangueras eran muy vulnerables al hurto: bastaría introducirme en el jardín, practicar la desconexión entre manguera y grifo, y apoderarme así de esos futuros tesoros.

Pero no estaba dispuesto a destruir mi reputación de honestidad dándome a conocer, en el vecindario, como vulgar ladrón de mangueras. De modo que cierta noche me encasqueté una gorra cuadriculada que me tapaba hasta las cejas y cubrí mis ojos con un antifaz negro.

Así caracterizado, a la una de la madrugada de un lunes de junio inicié mi actividad de maleante. Debo acotar que, en las noches de invierno, encontrar un transeúnte en las semidesiertas calles de Martínez es casi tan difícil como hallar un bidet en los Estados Unidos. Tal soledad facilitaba mis planes.

Resulta bastante sencillo ingresar en los jardines: en algunas casas están separados de la acera por sólo un muro que no alcanza un metro de altura. En otras basta con empujar la puerta (muchas veces cerrada sin llave). En el caso más complejo es necesario trepar por las verjas, nunca demasiado elevadas (por otra parte, conservo, desde mi infancia, el hábito de escalar árboles o postes del alumbrado público, una suerte de módico alpinismo).

Salí esa noche, pues, a mi calle Juncal y empecé por apoderarme de la manguera de la casa que, a la derecha, es limítrofe con la mía. Continué en dirección a la calle Fray Luis Beltrán y, con la precaución de no incursionar en aquellas viviendas en que un abominable perro profiere el ladrido de alarma, recaudé siete mangueras más, que me colgué en el hombro izquierdo.

Di, en suma, la vuelta a la manzana (Juncal, Beltrán, Córdoba y Pringles) y volví a casa con treinta y dos mangueras, de calidad más o menos similar. Con el fin de no despertar suspicacias, también “robé” mi propia manguera. Las treinta y tres piezas de caza fueron alojadas en el altillo, ático, desván, mansarda o buhardilla de mi casa, habitáculo más conocido con el anglicismo de playroom, apocopado en play.

 

2. El altillo

Sea cual fuere su nombre, mi altillo es descomunal, pues abarca casi la total superficie cubierta de la casa. Como en invierno lo perforan las agujas del frío polar y en verano braman sobre él los fuegos del ecuador, ningún artefacto para aumentar o disminuir la temperatura surte el menor efecto en tan dilatada área. Por tal motivo, en la parte que da a la calle hice levantar una mampara que, llegando desde el suelo hasta el techo, convierte a este sector en una pequeña oficina fácil de caldear y de refrigerar.

En este paraíso dispongo de escritorio, computadora, impresora, escáner, libros, papeles, tijeras, útiles escolares, etcétera. En fin, todo lo necesario para realizar actividades que me agradan: por ejemplo, leer literatura y redactar verídicas historias que, más tarde, lectores descreídos y malintencionados consideran meros ejercicios de ficción.

El espacio que no es oficina triplica con creces el tamaño de aquélla. Allí tengo la biblioteca principal, varios muebles, heladera, microondas, elementos para preparar mate o café, y otros enseres de carácter práctico.

Y —no por dejarlo para el final, menos importante— en ese sector viven mis dos ancianos gatos: Bam Bam —macho siamés de diecisiete años— y Kitty —gata negra y huérfana que, hace dieciocho, recogí de la calle cuando aún conservaba el cordón umbilical—. A pesar de la larguísima convivencia, ambos felinos —castrados— nunca cultivaron amistad alguna y menos aún entablaron romance.

Este excurso geográfico-histórico-zoológico es indispensable para consignar que las treinta y tres mangueras fueron depositadas en la zona mayor donde viven los gatos y no en el rincón menor que destino a oficina.

 

3. Consecuencias y nuevas excursiones

A la mañana siguiente de mi primera piratería varios vecinos de la calle Juncal al 1300 comentaban en las veredas el masivo robo de sus mangueras. Yo, muy preocupado, me uní a esos coloquios, en los que, tras introducir hipótesis erróneas sobre la posible identidad del delincuente, me despedí agregando fuertes anatemas contra el ladronzuelo en cuestión.

Esa misma noche perpetré otra correría, eligiendo en este periplo una manzana relativamente distante, donde no habrían llegado noticias del latrocinio de la víspera: la comprendida por las calles Vélez Sarsfield, Beruti, Santiago del Estero y Necochea. Esta vez mi cosecha fue más rica: pude incautarme de treinta y cinco mangueras.

Merced a esta eficacia, al volver a casa ya acumulaba un total de sesenta y ocho mangueras. Algunas enroscadas, otras extendidas, ocupaban un espacio relativamente amplio en el habitáculo de los felinos.

Prefiero no abundar en detalles aritméticos (y, por lo tanto, aburridores). Baste decir que, un buen día, llegué a tener en el ático 4.937 mangueras. Me hallaba lejos, es cierto, del ideal aproximado de 10.920, pero ya me estaba acercando al cincuenta por ciento de esa cifra. Calculé que, en dinero, esas 4.937 mangueras equivalían a 148.110 dólares.

Entonces una brusca lucidez me hizo advertir que, en las labores de reunir esa cantidad de mangueras, yo había perdido por completo la noción del tiempo insumido. Sin duda excedía el que se computa en meses, pues alcancé a establecer que más de tres inviernos se habían sucedido.

Por otra parte, me hallaba bastante cansado. Las expediciones nocturnas me causaban un gravoso estrés, pues siempre se hallaba latente la posibilidad de ser identificado, arrestado y encarcelado, cuando no asesinado por algún vecino colérico. En consecuencia, decidí tomarme vacaciones sin límite fijo y durante ese lapso abstenerme de cometer delito alguno.

Así lo hice. Durante el día permanecía en mi oficina, leyendo o escribiendo, o, simplemente, entregado a la feliz conjunción de mate e Internet. Cada tanto, echaba una mirada panorámica sobre el conjunto de mis 4.937 mangueras y me sentía orgulloso de poseer, en potencia, un capital de 148.110 dólares.

 

4. Punto de inflexión

El hecho es que, de la noche a la mañana (literalmente), mi vida sufrió un trastorno serio.

Corría el verano, no sé si del año siguiente del siguiente, o del siguiente del siguiente del siguiente. Ese anochecer dejé, en el ático, todo en orden, para continuar con mis trabajos a la mañana siguiente, y me retiré pisando con cuidado entre el bosque de las casi cinco mil mangueras de goma que ocupaban la mayor parte de la superficie del altillo.

No sé si alguna vez dije que poseo el hábito de levantarme temprano. Cuando, a eso de las siete, emprendí el ascenso por la escalera, me sorprendió que ambos gatos me esperasen al pie de la misma, más exactamente donde una puertecita de madera y una cortina de plástico marcan el límite entre el primer piso de la casa y el comienzo de la escalera que conduce al ático. (Esa puertecita y esa cortina constituyen una frontera cuya función es impedir que dichos felinos invadan otros ámbitos de la vivienda.)

Por la razón que fuere, permanecen siempre arriba, pero esa mañana, como dije, los encontré al pie de la escalera, y su actitud me pareció extraña y temerosa. También yo me asusté un poco ante la posibilidad de alguna anomalía ignota: no olvidemos que, en las historias de terror, sótanos, áticos y escaleras de caracol son emblemas obligatorios.

Sin embargo, sobreponiéndome, aunque con pasos trémulos, subí la escalera (que no es de caracol) y, apenas me asomé al altillo, tuve que concretar una serie de acciones urgentes: bajar a toda velocidad, rescatar los gatos, cerrar la puertecita de madera, bajar la cortina de plástico y asegurarla con sus topes contra el piso.

 

5. Policía aristotélica

Tomé el teléfono y llamé al 911.

Al instante me respondió una voz femenina:

—Oficial subinspectora Marioni Ortibelli, Juana Eduarda. ¿En qué puedo ayudarlo?

Procurando no mostrarme nervioso, intenté explicarle:

—Tuve que rescatar los gatos que tenía en el altillo, estaban en peligro de muerte… En el altillo debe haber alrededor de cinco mil pterodáctilos hambrientos…

—¿Teros… qué?

“Ya sabía yo”, me dije, “que una simple oficial de policía nunca habría oído mencionar esa palabra”. Entonces, repetí, con lentitud y con cuidadas sílabas que la harían tomar conciencia de su ignorancia:

—Pte-ro-dác-ti-los.

—¿Pterodáctilos? ¿Qué son pterodáctilos?

Me dispuse a impartirle una lección de ciencias naturales:

—Son reptiles voladores que…

—Imposible, caballero —me interrumpió—: los reptiles no vuelan, sino que reptan, como su mismo nombre lo indica.

—Pero éste —aduje, a modo de argumento decisivo— es un reptil extinguido hace millones de años.

—Doblemente disparatado, señor mío. Si está extinguido, no sólo no puede volar; tampoco puede reptar. Y, si está extinguido, ¿cómo puede estar vivo?

—No tengo la menor idea.

—Evidentemente, mi estimado amigo, usted desconoce la Metafísica de Aristóteles, donde se expone el principio de no contradicción: “Nada”, dice el Estagirita, “puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Por ende, amable cofrade, no escapará a su elevado criterio que ningún ser puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.

Mi refutación resultó muy precaria:

—Eso lo entiendo perfectamente, pero lo cierto es que en el ático de mi casa hay casi cinco mil pterodáctilos que, en este mismo momento, están viviendo, reptando, volando, graznando, gritando y gruñendo, según me lo indican los horripilantes ruidos que ahora mismo taladran mis tímpanos.

Hubo unos instantes de silencio. Luego oí:

—Caballero —su tono era severo—: sé exactamente desde qué teléfono y desde qué domicilio está llamando, y puedo averiguar en seguida su nombre y su apellido. Aquí hay sólo dos posibilidades. Usted puede ser un payaso o un loco. En el primer caso, podríamos arrestarlo por gastar bromas a una repartición pública al servicio de la ley, el orden y la comunidad en su conjunto. En el segundo, tendríamos, por principios humanitarios, el deber de derivarlo a una clínica psiquiátrica o, de modo más drástico y digno de elogio, recluirlo directamente en un manicomio.

—Pero lejos de mi intención…

—Por favor, caballero, en aras de la salud de todos, de la moral y de las buenas costumbres, le ruego que pongamos punto final a este diálogo absurdo.

Asustado, contesté:

—Disculpe, gracias.

Y corté la comunicación.

 

6. Senderos que se bifurcan

Traté de reflexionar. “Esta oficial subinspectora”, razoné, “estará muy versada en cuestiones filosóficas, pero ignora por completo los arcanos de la zoología”. Al expresar esta última palabra, se me representó la solución.

Busqué el número en la guía y llamé al Jardín Zoológico, que, desde hace siglos, se encuentra frente a la plaza Italia.

Tras un solo llamado, oí:

“Gracias por comunicarse con el Jardín Zoológico de Buenos Aires. Si desea hablar con Administración, marque 071; si desea hablar con Enfermedades Infecciosas de las Aves Rapaces, marque 100; si desea solicitar turno para Visita Guiada, marque 421; si desea interiorizarse de las Conductas Sexuales de los Monotremas, marque 762; si desea…”.

Esperé pacientemente que terminara el mensaje de bienvenida, hasta que oí “O espere a ser atendido por la operadora”.

Y, en efecto, me atendió la operadora. Apenas expuse el problema que me aquejaba, me derivó a un interno, desde donde otra voz femenina dijo:

—Doctora Daisy Cubelli Crocodile: ¿en qué puedo ayudarlo?

Para mi alivio, no se asombró del sustantivo pterodáctilo ni interpuso ningún planteo filosófico, sino que me brindó el número del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires:

—Ahí sabrán cómo evacuar su consulta —agregó.

Le di las merecidas gracias y llamé al Museo:

—Ah —me dijo el recepcionista (en este caso, la voz de un varón joven)—, como se trata de un animal extinguido, le corresponde a la jurisdicción del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, cuyo teléfono es…

 

7. El doctor Boitus

Tomé nota de la información y llamé —larga distancia— a La Plata.

La operadora me derivó a la oficina de Plagas Urbanas y de ésta me pasaron a Plagas Urbanas de Vertebrados. Aquí me atendió un caballero que se presentó como el doctor Boitus; antes de permitirme pronunciar una sola palabra, me ordenó que describiera el motivo de mi llamado.

Así lo hice, con loable exactitud, aunque utilizando sinónimos ociosos al referirme al altillo de los pterodáctilos.

Tras una pausa de reflexión, me preguntó:

—¿Cuál es el hábitat donde usted desarrolla sus actividades vitales?

Como la estructura de la interrogación me pareció un poco barroca, quise pasarla en limpio:

—¿Usted me está preguntando dónde vivo?

En su respuesta hubo displicencia:

—Claro está.

Consideré inconducente este dato y, a manera de represalia, le contesté con vaguedad:

—Gran Buenos Aires, zona norte.

—O sea —especificó Boitus—, en algún punto preciso, o impreciso, de la región que las autoridades cartográficas denominan Cono Urbano Bonaerense.

Estimé esta segunda aclaración aún más innecesaria que la primera pregunta y contesté con un monosílabo:

—Sí.

—Por ende —dijo Boitus—, me veo en el deber de poner en su conocimiento que los seres irracionales que han elegido, a modo de hospedería, la superficie cubierta del espacio hogareño que usted denomina ya ático, ya altillo, ya play, no son ni pueden ser pterodáctilos.

El lenguaje alquitarado de Boitus me irritaba sobremanera:

—¿No son pterodáctilos…? —dije, para darle un final a la cuestión—. Y entonces, ¿qué son?

—Son ranforrincos.

—Bueno…, no sé… Me parecieron pterodáctilos…

—Es verdad que ambas especies pueden mostrar ciertas semejanzas morfológicas, de carácter sólo aparente, que, a una persona como usted, desprovisto del mínimo rigor científico y, tal vez, de inteligencia, puedan inducirlo a error. Le ruego que se subordine a mi sapiencia y acepte ser el anfitrión de un conjunto de ranforrincos, y no de pterodáctilos.

Estas informaciones me parecieron impartidas con autoridad, es cierto, pero lo que yo necesitaba saber era qué hacer con los ranforrincos, y así se lo manifesté al doctor Boitus.

—Ante todo —dijo—, será útil establecer el origen de la plaga… Trate de recordar: ¿usted subió algún neumático de automóvil al lugar invadido?

—¿Neumático…? No, creo que jamás en mi vida he tocado un neumático.

—¿Alguna cámara o cubierta de bicicleta…?

—No, no: imposible.

—¿Algún elemento que contenga goma o caucho…?

—Sí, he subido algunas mangueras de regar jardines…

—¡He ahí la clave! —afirmó Boitus—. Procuraré explicarle de manera sencilla, para que usted, dentro de su mentalidad limitada, pueda más o menos comprenderme.

—Adelante. Soy todo oídos.

—Los fragmentos de caucho, al hallarse en ámbitos cerrados, de gran amplitud térmica (frío y calor extremos), sufren una mutación, o más bien una regresión fitozoológica, que los traslada o, mejor dicho, los devuelve al período jurásico, hace ciento cuarenta y cinco millones de años, y los hace reencarnarse en lo que eran entonces: ranforrincos.

En este punto Boitus hizo silencio, con lo que pareció dar por terminado el asunto.

Temiendo cortase la comunicación y realmente alarmado, exclamé:

—¡Doctor Boitus! ¿Me oye…?

—Sí, sí, adelante… ¿Tiene alguna otra preguntita?

—Por favor, doctor Boitus, dígame: ¿qué debo hacer con los casi cinco mil ranforrincos…? —agregué un matiz de desesperación a mi súplica—. Ocupan todo mi ático, no me permiten el acceso a mi oficina, hacen barullo, graznan, sin duda producen toneladas de excrementos y hectolitros de orina, y tal vez kilos y kilos de vómitos…

—Tranquilícese —me aleccionó— y no sea tan ridículo ni tan tremendista. Para todo hay solución, salvo para la muerte. ¿De acuerdo…?

—De acuerdo.

—Entonces le explicaré, y le ruego preste atención, porque no me agradan los discípulos cortos de entendederas ni tampoco tolero verme obligado a repetir conceptos en extremo sencillos.

No supe qué responder.

—Tras esta regresión al período jurásico, los ranforrincos empiezan a languidecer y a sentir un hambre intensa. Son animales exclusivamente carnívoros y, sin duda, habrían terminado por asesinar y devorar a sus dos gatos, por lo que cabe celebrar su decisión de rescatarlos. Sin embargo, los ranforrincos no practican el canibalismo, y entonces, deprimidos y angustiados, comienza en ellos una etapa que podríamos denominar de inapetencia primero, de adelgazamiento más tarde y de raquitismo finalmente, proceso que, tras un lapso de treinta a cuarenta y cinco días, culmina en el retorno de los animales a su esencial estado de caucho. Una vez que los ranforrincos alcanzan este avatar, empiezan también a recuperar su anterior, o posterior, esencia de manguera de jardín. De modo que usted sólo deberá esperar a lo sumo cuarenta y cinco días, y volverá a hallar en perfecto orden sus casi cinco mil mangueras. ¿Me expliqué con claridad y eficacia didáctica…?

—Perfectamente, doctor Boitus, muchas gracias. Pondré en práctica su consejo.

—No sólo es lo mejor que puede hacer —repuso Boitus—. También es lo único.

 

8. Situación actual

Y así lo hice. Seguí al pie de la letra las recomendaciones del doctor Boitus y, en efecto, en el plazo pronosticado de un mes y medio volví a tener mis casi cinco mil mangueras.

Entonces puse, en la verja de mi casa, el siguiente cartel:

 

Vendo mangueras de jardín, a sólo 20 dólares la unidad

 

Pero transcurren los días y aún no he logrado vender ni siquiera una. El ser humano suele solazarse en la calumnia, y no faltarán quienes me tilden de ladrón de mangueras, y por tal motivo no quieran tener el menor contacto conmigo.

En fin, ahí están los cinco millares de mangueras. No veo otra solución que arrojarlas, lo más pronto posible, a un contenedor municipal. Antes de que vuelvan a transformarse en ranforrincos.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

EL CRUJIDO DE LA ESCARCHA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Estábamos tonteando, con Nute, como siempre, yendo y viniendo por la senda que lleva al pozo de agua. No teníamos nada mejor que hacer; ni siquiera teníamos un cigarrillo que justificara detenerse por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío y la escarcha, obstinada, crujía bajo la suela de los zapatos y nubes de vapor abandonaban nuestras bocas cuando nos animábamos a abrirlas.

—No te asomes, estúpido. —Siempre le digo estúpido cuando nos acercamos al pozo. Sé que un día se caerá adentro y no podremos sacarlo ni con una grúa.

—Hay un tipo en el pozo —dijo Nute con su voz aflautada. Cuando grita o llora es peor: parece la sirena de un barco que parte.

—No hay nadie. Pidámosle un cigarrillo al viejo Frank; una vez me dio.

—El tipo del pozo es Hitler. Hitler está adentro del pozo. Vamos. —Lo dijo con determinación. Me asusté. Sólo me tomo en serio a Nute cuando dice cosas como esa.

Cuando llegamos junto al pozo y nos asomamos vimos que, en efecto, Hitler terminaba de trepar trabajosamente. El limo y el musgo que se adherían a las paredes del pozo las hacían resbaladizas. Busqué con la vista algo con qué golpearle y descubrí una rama gruesa que estaba apoyada contra la puerta de la casa de Helga.

—Que no se vaya —dije sin necesidad. Nute se rio entre dientes. Hitler parecía tener muchas dificultades para completar la ascensión. Regresé con la rama y le golpeé la cabeza  cuatro o cinco veces. La quinta fue inútil; el führer ya había caído a las profundidades del pozo.

—No es profundo —dijo Nute, que siempre me adivina los pensamientos.

—Va a volver enseguida, estúpido —farfullé. Nute se volvió a reír.

—Se va a llevar una sorpresa.

—¿Ah, sí? —Cuando a Nute se le mete algo en la cabeza no hay Cristo que se la pueda extirpar.

—Sí, nos vamos a poner uno a cada lado del pozo y lo vamos a apretar hasta hacerlo papilla.

Me encogí de hombros.

—Bueno.

Cuando Hitler completó la escalada y vimos la tonsura del tamaño de una moneda de veinte kopecs que le coronaba la testa, comprimimos las paredes del pozo con todas nuestras fuerzas. Cuando queremos, Nute y yo somos dos bestias. El estúpido tiene más fuerza que yo, pero no me quedo muy atrás. En el pasado me rompió la nariz de un puñetazo, pero yo me hice el muerto y cuando el desgraciado se inclinó para ver qué me ocurría le mordí un testículo. No como para arrancárselo, pero se lo mordí. Aulló como una fiera y juró que me mataría, pero no hizo nada.

—Ya está —dijo Nute cuando hubimos comprimido el pozo hasta dejarlo reducido al tamaño de una lata de duraznos. Seguía pesando sus buenos setenta kilos, claro, pero adentro estaba Hitler, muerto y hecho un mazacote.

—¿Y ahora?

—¿Ahora quién es el estúpido? —Nute me miró con los ojos negros de rabia. Siempre se pone así cuando comete magnicidios. —Hay que esconder esto en alguna parte. En cuanto los nazis se den cuenta van a venir a buscarlo.

Asentí. Colocamos la lata en una cuna de sogas trenzadas y la llevamos a un rincón del bosque adyacente al pueblo. No es que Frampol tenga un gran bosque, un bosque de fama mundial o algo así, pero cien hayas es un bosque aunque a los puristas les haga doler los huevos.

—No lo podemos enterrar, estúpido —dije cuando vi que Nute empezaba a cavar con la pala que le había robado a Henrik.

—¿Vamos a cargar este bulto de setenta kilos hasta la Segunda Venida de Nuestro Señor? —A veces, cuando Nute se agudiza, me dan ganas de morderle el otro testículo.

—No lo vamos a perder de vista. Si los nazis vienen al bosque y desentierran a Hitler sólo quedará por elegir si queremos ser fritos, hervidos o asados.

Nute bajó la cabeza y tiró la pala bien lejos. Pero no pasó ni un minuto antes de que fuera a buscarla de nuevo. La pala de Henrik nos incriminaba tanto como el cuerpo comprimido dentro del pozo. En realidad todo el universo nos estaba señalando con el dedo. Pero los habíamos librado de Hitler, ¿no?

—No —dijo Nute—. Pondrán a otro igual o peor. Sólo será un respiro.

—Habló el estúpido que se mea encima cuando ve a una mujer. —Ese es el punto débil de Nute, pero como sé que lo humilla más que mis continuas menciones a su estupidez sólo lo disparo cuando es imprescindible.

Arrastramos el pozo que contenía a Hitler dejando un surco polvoriento desde el bosque hasta las casas. Ese surco fue como una herida en el pecho del mundo y apenas pusimos a Hitler hecho puré en el bargueño envié a Nute a borrar la huella.

Los primeros días no nos podíamos separar del bargueño. Era como si temiéramos que el desgraciado fuera capaz de resucitar y salir de su prisión. Cada tantos minutos, Nute o yo decíamos para darnos ánimo:

—Está muerto y bien muerto.

No importaba quién fuera el que lo dijera. Uno de los dos lo decía. Cuando Janche vino a visitarme en busca de su ración de los jueves la eché sin permitirle entrar. Se dio cuenta de que me pasaba algo grave, pero no se caracteriza por la sutileza.

—¿Por fin te pusiste de novio con el estúpido de Nute? ¿Te gusta hacerlo con un estúpido como ése? ¿Se la das por el culo o por la boca?

Le pegué una cachetada y se fue llorando e insultándome. Cerdo machista, me dijo. No sé si fue peor el remedio que la enfermedad. Pero el asunto de Hitler no se podía tomar para el pitorreo como es costumbre entre nosotros.

Los nazis vinieron una semana después. No dijeron una palabra de Hitler y se limitaron a mirar por arriba y por abajo con esas miradas duras y filosas que cortan la respiración. Pero no tocaron nada. El jefe del pelotón, un sueco de veinticinco centímetros de estatura llamado Sven Svergensson ladró órdenes en su idioma, que no entendimos en absoluto. Fue necesaria la intervención de un cabo tan parecido a Nute que estuve a punto de decirle “estúpido” tres veces, para que entendiéramos el propósito de la visita. Querían hacer un censo de vagos y nosotros encajábamos perfectamente. Por qué no trabajan. Porque nos produce cansancio. Ah. Anote. Les gustaría trabajar. No. Saben que el Estado quiere que todo el mundo trabaje. Sí. Pero nosotros no queremos. De acuerdo. Anote.

El que anotaba era un chino. No lo van a creer. Todo el tiempo, que chino astuto, miraba hacia el bargueño, como si fuera capaz de traspasar con su mirada las gruesas puertas de roble. No podía saber que allí lo teníamos envasado a Hitler. Sólo aceptarían que Hitler había sido hecho pasta el día que pudieran medirlo y pesarlo.

—Escriban sus nombres en esta planilla —dijo el sueco. En realidad lo dijo el cabo, traduciendo las órdenes del jefe de la partida. El cabo era un poco duro de oído, por lo que se colocó a Sven Svergensson sobre el hombro. Era tan gracioso verlos, con las piernitas del nazi bamboleándose en el aire y las dos manos aferrando la solapa del abrigo del cabo para no caerse, que Nute se tuvo que cubrir la boca con cinta adhesiva para no estallar en carcajadas. ¡Estúpido!

Pero si el sueco tenía miedo de caerse más miedo teníamos nosotros de que descubrieran que no sólo habíamos asesinado a Hitler, sino que además lo habíamos reducido a pulpa. Era tan ostensible que mirábamos a cada rato el bargueño que el chino empezó a sospechar.

—¿Por qué miran el bargueño? —dijo finalmente.

—Porque tenemos miedo de que lo abran y descubran que escondemos un cadáver en su interior.

El chino lanzó una carcajada como un tsunami y el cabo se contagió de inmediato. Tomó al sueco desprevenido y sobrevino la catástrofe. Sven Svergensson cayó de cabeza desde el hombro del cabo y se estrelló contra el piso de cerámica. Cuando pudo contenerse, el chino pateó el cadáver del sueco hacia un rincón y tomó el mando.

—¡Abran el bargueño!

—(Estúpido) —susurré.

—(No fue mi culpa) —respondió Nute.

Abrí el bargueño. El pozo comprimido con la masa informe que había sido Hitler en su interior relucía como si hubiera sido el Santo Grial. O como hubiera brillado el Santo Grial en el caso de haber sido un copón. Pero al chino eso le importó un comino. Sus ojos brillaron codiciosos cuando vio las cuatro botellas de aguardiente de papa que yo guardaba para celebrar el nacimiento de mi futura hija.

—¡Ese era el secreto, cerdos!

Bajé la cabeza y empecé a manosear la gorra, tal como había visto hacer en una película a un personaje abrumado por la vergüenza.

—¡Confiscación! —aulló el cabo. Hizo un gesto y cuatro soldados se aproximaron taconeando al bargueño y se apoderaron de las botellas.

—En nombre del Partido —dijo el chino— confiscamos estas cuatro botellas de aguardiente de papa. ¿Las guardaba para celebrar el nacimiento de su hija? —Otra vez risas generalizadas, ahora acompañadas por el estúpido de Nute, que se había sacado la cinta de la boca. Tal vez quería mostrarle a todo el mundo que le quedaban seis dientes y tenía las encías más negras que el alquitrán.

—Firmen aquí —dijo el cabo extendiendo un papel mugriento sobre la mesa. Como era de suponerse, la confiscación incluía dos vacas, un samovar y una carreta. Los nazis estaban empezando a blanquear las expropiaciones previas. Tuve que admitir que era una política sensata.

Firmamos para que se fueran. Cuando los nazis se alejaban rumbo a Bilgoraj, apareció Janche, que había estado escondida en el gallinero.

—¿Qué les hicieron? —Ya no se acordaba de la cachetada de la semana anterior y venía por más.

—Yo no puedo atenderte, Janche —le dije tratando de lucir consternado

—Ni ganas tengo de que lo hagas —dijo la chica—. A partir de ahora seré la amante de Nute. — Es extraño, no puedo decir que Janche sea estúpida como Nute, pero hacía una pareja mucho más convincente que conmigo, o eso creo.

—Los juguetitos se fueron—dijo Nute.

—¿Los juguetitos? —Janche se metió un dedo en la nariz y lo retiró desencantada: no había pescado ni un moco enano.

—¡Enano! —Nos acordamos al mismo tiempo del cadáver del sueco. Ya no era sólo el amasijo de Hitler que escondíamos en el pozo comprimido del bargueño; si nos descubrían iríamos a parar a los hornos crematorios de Auschwitz o a la cámara de gas de Majdanek.

—Un momento. —Nute metió la mano en el bolsillo interior del abrigo de Sven Svergensson y retiró los documentos del nazi. Parecían de juguete—. Aquí dice “simulacro clase E; Nº de serie 370285. —Janche se tapó la boca.

—No es humano. Me lo temía.

—¿Lo temías? —dijo Nute—. ¿Cuándo dijiste eso?

—No seas estúpido; lo pensé. Creía que eras capaz de leerme los pensamientos. —Me incliné sobre el cuerpo del enano sueco y metí dos dedos en la fisura del pecho. El muñeco se abrió como una trampera, con un chasquido.

—¿Los nazis hicieron estos cachivaches? —Janche es una muchacha campesina; ni siquiera ve la televisión, aunque a veces hace gala de una inteligencia que me descoloca. En este caso mostraba una digna suspicacia.

—Los nazis no son reales, Janche —dijo Nute.

—¿Acaso sabes distinguir realidad de fantasía, Nute? El jefe, ese Hitler. Estuvo en mi casa el otro día —dijo Janche—, el día que me pegaste. Me dijo que ustedes son unos estúpidos.

—¿Los dos? —pregunté extrañado—. ¿O sólo él?

—Los dos. Dijo que haría bombardear este pueblo en represalia por lo que le hicieron en el pozo. ¿Qué le hicieron?

—Nada —dijo Nute—, no le hicimos nada.

Me dejé caer en una silla, abatido. Con razón a los nazis no les interesaba el Hitler hecho masilla que teníamos en el bargueño; debían tener docenas, cientos de Hitlers. Si nos hubiéramos atrevido a revisar como se debe habríamos encontrado una chapa que dice “simulacro clase H; Nº de serie 456705”.

—Entonces no lo matamos —dijo Nute aliviado—. No matamos a un ser humano.

—Hitler no es un ser humano; estaba seguro de que lo sabías —protesté; pero fue una protesta endeble; ni yo creía eso.

—No puedo saber todo —dijo Nute.

—¿Podrías conseguirme un cigarrillo? —le dije a Janche.

—Está bien, pero no vuelvas a decir que son solo juguetes. ¿Serás de nuevo mi amante?

—Y… sí,  después de que me consigas el cigarrillo podemos volver a intimar.

Nute se encogió de hombros. No le gustaba Janche; decía que es sucia, que huele a cebollas podridas. Se rascó la coronilla durante unos segundos y luego se dirigió al bargueño.

—¿Podrías ayudarme?

Le ayudé a sacar a Hitler. Lo descomprimimos con esfuerzo –mucho más del que habíamos hecho para prensarlo– y lo pusimos sobre la mesa. Las ruedas, correas y engranajes rodaban por todas partes y Janche empezó a separar piezas que le parecieron adecuadas para hacerse una pulsera.

—Esto significa que hay un Hitler de carne y hueso en algún lugar —dijo Nute—. No tendrían simulacros si no fuera así.

—No, estúpido. Esa es una de las tantas ideas sin sentido que se te ocurren. Es posible que Hitler jamás haya existido.

—Está totalmente equivocado, idiota. Así los queríamos agarrar, con las manos en la masa. —En el vano de la puerta se recortó la imponente figura del verdadero Sven Svergensson, el jefe supremo de los nazis de Lublin. Medía casi dos metros y nos apuntaba con una Parabellum de 9 mm, modelo 1908, conocida popularmente como “Luger”.

—¿Puedo ser su amante? —dijo Janche. Se acercó sin miedo al nazi y le bailoteó alrededor. Era un gran gesto el de la muchacha, arriesgando el pellejo para salvarnos de los nazis. Pero estábamos seguros de que no daría resultado; Janche, cuando trata de tapar el olor a cebollas podridas, se baña en el perfume de setas que fabrica la vieja Brane; ahí empieza a oler como una curtiembre abandonada. Y aunque no viene al caso, comento que el sueco tenía una nariz grande como una palta.

—¡Por supuesto! —dijo Sven—. Deme una prueba de su amor.

—¿Por ejemplo? —Janche se detuvo extrañada y dejó de bailotear. El nazi le puso la pistola en la mano y le apretó el puño afectuosamente.

—Mate a estos dos y será mi amante.

—¡Cómo no! —Janche apuntó hacia nosotros. Nute se abrió la camisa, en un gesto estúpido e inútil. Yo cerré los ojos, por lo que cuando sonó el disparo esperé sentir un fuerte dolor en el pecho o algo así. Los abrí y la escena me desconcertó. Janche había matado al sueco de un tiro entre los ojos y luego se había suicidado.

—¿Por qué lo hizo? —dijo Nute.

—Por amor a nosotros, estúpido. —Miré los charcos de sangre y los sequé con un trapo. Tomé la Luger y me la metí en el bolsillo.

—¿Pero son juguetes, son reales o son las dos cosas? —dijo Nute, de pronto agudo y profundo como un barreno.

—¿A qué vienen estas preguntas? ¿Te debo algo?

Nute bajó la cabeza una vez más; el esfuerzo realizado para entender el razonamiento precedente lo había agotado. Pero yo no iba a dejar que las cosas se deslizaran como el barro que baja de la colina un día de tormenta. Me imaginé recorriendo la senda que lleva al pozo de agua. No tenía nada mejor que hacer; ni siquiera tenía un cigarrillo que justificara detener mi marcha por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío; la escarcha, obstinada, crujía debajo de la suela de mis zapatos y nubes de vapor abandonaban mi boca cuando me animaba a abrirla. Imaginé a Nute subiendo por las paredes del pozo, pero no se me ocurrió hacer algo tan bizarro como comprimirlo, tal como habíamos hecho con Hitler. En mi alucinación fui mucho más expeditivo que eso. Saqué la Luger, le apunté entre los ojos y disparé. Me pareció que el cuerpo caía hacia atrás tan lentamente que pude terminar mi discurso antes de que se escuchara el sordo golpe contra el piso. Sacudí la cabeza para alejar las imágenes, me acerqué al pozo de agua y toqué el hombro de Nute, que miraba al vacío, como si hubiera sido desactivado.

—No te quiero ver cerca por un rato, estúpido; por el resto del día, mejor dicho. Hoy viene Janche a visitarme y queremos hacer lo que ya estás pensando, pero en paz.

—¿Janche no se suicidó? —dijo Nute, perplejo.

—¿Cómo se te ocurre? Las mujeres como Janche no se suicidan para salvar a dos idiotas como nosotros. —Saqué un puñado de billetes del bolsillo; había zlotys, rublos y unas pocas libras; no había ni un euro. Le di dinero suficiente como para que se fuera al cine. Justo en ese momento Hitler salió del pozo y me miró con cara de ángel, suplicando la extensión de mi gesto caritativo. Suspiré. Agregué un par de billetes—. No aparezcan hasta la noche, estúpidos —dije.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe. Es el creador y conductor del blog internacional MICROFICCIONES Y CUENTOS.

PIENSA CON CARIÑO EN NUESTROS FÓSILES

Sue Burke

 

Cuando se descubrió el cometa Kabandha, Travis Hudson contempló boquiabierto desde su ventana la luz difusa cercana a las estrellas de las Pléyades.

—Es un error —murmuró. Calcular las trayectorias de los cometas era complicado; todo el mundo lo decía—. Revisarán los cálculos y estaremos bien.

Los astrónomos comprobaron y volvieron a comprobar los cálculos. Finalmente, por televisión, los líderes mundiales, unidos y solemnes, pidieron valor para afrontar los tres meses que quedaban antes de que el cometa chocara contra la Tierra.

Travis apagó el televisor. Siempre había creído que el universo tenía un propósito y que, por lo tanto, la humanidad tenía un propósito y, por lo tanto, él tenía un propósito, y tenía que ser algo más noble que una colisión frontal con una gigantesca bola de polvo y hielo. Solo tenía veintinueve años y disfrutaba de su trabajo como encargado de obras. Bajo su supervisión, los edificios se elevaban hasta quedar terminados, y él sentía que también se estaba convirtiendo en algo. Algún día comprendería algo más que cómo organizar eficientemente los horarios de los subcontratistas. Tenía toda la vida por delante. Pero ya no.

Cada día, el cometa Kabandha se acercaba y se volvía más aterrador. Aquí y allá estallaban disturbios y reinaba el caos –y se celebraban fiestas multitudinarias–, pero, por alguna razón que él no comprendía y que nadie sabía explicarle, en muchos sentidos la vida continuaba con demasiada normalidad.

Las obras se detuvieron, cosa que sí comprendía. Tuvo tiempo para meditar sobre su condena y, finalmente, después de ver una nota en las noticias, condujo frenéticamente hasta la celebración anual de los Días del Cráter, en Manson, Iowa, para inspeccionar el decimoquinto cráter de impacto más grande del mundo. Le diría algo; estaba seguro.

En Manson solo encontró carpas, puestos de madera contrachapada, una zona de atracciones rodeada de maizales iluminados por la luna y menos gente de la que esperaba. Mientras entraba, su decepción se convirtió en ira.

—¿Dónde está el cráter? —preguntó a una mujer sentada en el puesto oficial de recuerdos.

Ella le dedicó una sonrisa de bienvenida.

—Justo debajo de nosotros. Tiene treinta y ocho kilómetros de diámetro y setenta y cuatro millones de años. No es tan grande como el que acabó con los dinosaurios, por supuesto, ni como el que viene hacia nosotros. ¿Quiere un estudio geológico? —Le mostró un informe encuadernado con espiral.

Travis pateó la parte delantera de un puesto de hot dogs.

—Todos ustedes van a morir. Hagan algo. Defiéndanse.

Lanzó otra patada contra un telescopio de alquiler.

Una adolescente lo custodiaba y levantó los puños.

—¡Oiga! Quiero ver cómo Kabandha nos alcanza. Será el mejor espectáculo de mi vida.

—Tu vida se acaba.

—Todavía no.

Él le arrojó una botella de plástico de mostaza.

—Esto no es una fiesta. No mueras feliz.

La mujer que vendía recuerdos se levantó y se plantó frente a él.

—Mire, tenemos algunos juegos de feria, venta de artesanías y música en vivo a medianoche. Si no le gusta, váyase.

Travis condujo unos cuantos kilómetros, cada vez más desesperado mientras contemplaba los maizales, con las mazorcas a medio madurar. Nadie comería ese maíz. Vio una iglesia y entró atropelladamente.

—Los ángeles nos salvarán, ¿verdad? Dios nos llevará a todos al cielo, ¿no? No merecemos esto.

El pastor había estado pasando la aspiradora por la alfombra de los pasillos.

—En realidad, no creo que podamos esperar un trato especial por parte del universo. Los ángeles y la vida después de la muerte son mitos primitivos.

Travis cayó de rodillas.

—Pero tiene que haber un alma, un espíritu, algo más que mi cuerpo. Trascenderemos nuestras muertes.

—Por supuesto. La humanidad es la conciencia del universo.

—Nos fue enviado un Salvador. He aceptado a Jesús en mi corazón. He sido bueno. Merezco algo mejor, ¿no?

—Bueno —dijo el pastor—, recemos por quienes sobrevivan a los terremotos, los maremotos, las tormentas de fuego, el polvo, la oscuridad y el frío que se avecinan. Sufrirán y pasarán hambre y repoblarán la Tierra. O alguna humilde criatura alcanzará la conciencia y adorará. O el cometa traerá aminoácidos para una nueva forma de vida. Este no es el final. Dios es eterno, más allá de nuestra comprensión.

—Pero tengo miedo. Nunca he muerto antes.

Rezó durante mucho tiempo. El pastor terminó de pasar la aspiradora.

Cuando Travis salió, llegó un automóvil del que descendieron una novia y un novio que entraron en la iglesia. El cometa y su cola resplandecían en lo alto.

Regresó a casa y escribió: «Yo, Travis Hudson, en pleno uso de mis facultades mentales y físicas, declaro por la presente que, puesto que de todos modos no hay nada que dejarle a nadie, tampoco dejaré mi muerte en manos del azar ni de gigantescas bolas de nieve sucia que nos arroje una persona o personas desconocidas».

Se disparó una bala en el cerebro. Con un centímetro de diferencia en la puntería, lo habría conseguido. Aunque le pareció absurdo, llegó una ambulancia y se lo llevó al hospital.

Mientras estaba en la mesa de operaciones, estuvo tan cerca de la muerte como puede estarlo un hombre vivo, y despertó de la cirugía consciente del sentido de la vida, evidente y asombroso. Las enfermeras lo escucharon educadamente, pero terminó comprendiendo que ellas ya lo conocían; de lo contrario, no se presentarían a cumplir sus turnos.

Cuando le dieron el alta del hospital, tenía una cicatriz muy visible en la frente, una movilidad reducida en el lado izquierdo y una gran paz interior.

Para entonces, una tormenta de meteoros surcaba la noche, con decenas de ellos cayendo cada segundo. Las auroras boreales parpadeaban como arcoíris borrachos. El cometa resplandecía en el oeste, más grande que la luna llena, y su cola azul se extendía hasta el lejano horizonte. En la penumbra, los pájaros cantaban como si estuviera amaneciendo. Travis llegó cojeando hasta un banco del parque. Una ardilla se acercó a pedir comida.

—Es una noche hermosa —dijo. Le arrojó unos cacahuetes para que se quedara y escuchara—. Ahora soy un hombre sabio. ¿Evolucionarás hasta convertirte en la próxima criatura que sufra la conciencia de sí misma, pequeño? Verás la eternidad, pero nunca la alcanzarás. Conocerás la muerte, pero nunca la experimentarás mientras estés vivo. Después de eso, ya no tendrás excusas para lo que hagas. El conocimiento de la muerte será la pérdida de la inocencia. —Parecía estar escuchándolo. Le dio toda la bolsa de cacahuetes. Iba a necesitarlos—. Espero que pienses con cariño en nosotros cuando encuentres nuestros fósiles.

Se alejó por encima de una colina para bailar con los dinosaurios. Un tiranosaurio agitaba sus pequeños brazos para marcar el ritmo. Un Euoplocephalus rechoncho balanceaba su cola en forma de maza y destrozaba el césped y las flores mientras avanzaba pesadamente: un-dos-tres, un-dos-tres.

Travis Hudson comprendía ahora el universo, y el sol no volvería a salir para él.

Sue Burke es autora y traductora. Su novela Semiosis fue nominada al Premio Arthur C. Clarke, al Premio John W. Campbell Memorial y al Premio Locus a la Mejor Primera Novela. Sus secuelas son Interference y Usurpation. También ha escrito las novelas Immunity Index y Dual Memory, relatos cortos, poesía, artículos periodísticos y ensayos, y ganó el Premio Alicia Gordon 2016 a la Excelencia en la Traducción otorgado por la Asociación Estadounidense de Traductores. Nació en Milwaukee, vivió en Texas y España, y actualmente reside en Chicago. Para más información, visite https://sueburke.site/

 

 

EL ABRAZO

Joyce Barker Bucat

 

Esa noche su marido había tenido que viajar por negocios. Ana ocupó el día pintando un cuadro que tenía pendiente hacía meses, pero tuvo que parar porque se le había acabado la pintura negra para la silueta que esbozaba en el lienzo. Comenzó, entonces, a pintar el resto del cuadro con colores, pero un súbito cansancio se apoderó de ella. Mañana sigo, pensó; pero se acordó que iba a estar ocupada con la llegada de su marido. Otro día continuaré, entonces.

Agotada, dejó el taller y subió las escaleras hasta el dormitorio. Se quedó dormida a los pocos minutos, pero una sensación extraña en la piel, un zumbido, la despertó en la madrugada. Sin moverse, abrió los ojos y miró sólo lo que estaba frente a ellos: el umbral de la puerta que siempre mantenía abierta; no le gustaban los ambientes cerrados. En el vano se asomó una sombra. No lograba verla completamente, pero supuso que era su marido que quería sorprenderla en la mañana, al despertar. Otra vez, pensó, la sorpresa de siempre. Esta vez quiso saludarlo, aburrida de ese juego que ya no le hacía gracia; esta vez no pudo: no le salió la voz. Después intentó girar y abrazarlo, pero estaba inmovilizada, sólo podía mirar. Esto no es Juan, pensó, algo está mal. ¡Qué es! ¡Qué eres!, gritó en su cabeza.

La sombra se acostó a su lado y la abrazó por la espalda; Ana sintió que unos brazos gigantes la envolvían. Comenzó a desesperarse. La sombra no se movía, como si estuviera cómoda con Ana. Pero ella, a pesar de sentir que él o eso no quería hacerle daño, no iba a permitir una invasión tan descarada, y con extremo esfuerzo intentó, nuevamente, hablar.

—Fuera… —Pudo apenas pronunciar sin mover la boca, como si hablara bajo el agua. Entonces decidió dejar su desesperación de lado que, según ella, sólo lograba fortalecer a esa criatura. Respiró profundo y se relajó forzosamente en los brazos de la sombra. A pesar de no poder sentir o mover su cuerpo, percibía el de la sombra: era tibio y blando, incluso acogedor, pero luego reflexionó: lo que hacía esa sombra no era algo que ella hubiera querido. Esa falta de respeto hizo que la fuerza de su enojo pudiera salir en forma de grito.

—¡Fuera! —Pudo finalmente pronunciar de manera clara y fuerte.

Y como si hubiera sido una palabra mágica, la presión en su cuerpo se diluyó y al fin pudo moverse. El aire del dormitorio se sintió más liviano y se volteó hacia el lado donde había estado la falsa sombra de su marido, su impostor; allí no había nadie. Estuvo despierta unos minutos: lo que había sucedido era terrorífico, pero sus ganas de no volver a quedarse dormida fueron inútiles.

Al día siguiente, Juan regresó del viaje y llegó a la casa con un gran ramo de flores de varios colores. Eran las tres de la tarde y no quiso avisar que llegaba temprano, quería darle una sorpresa, como siempre. Al ver que Ana no estaba en el primer piso, fue sigilosamente al dormitorio; era posible que estuviera durmiendo una siesta. Abrió la puerta, extrañado porque a Ana no le gustan las puertas cerradas. Adentro estaba oscuro, pero se podía ver a Ana en una esquina del dormitorio. Afuera, el sol primaveral parecía desconocer la oscuridad del interior.

—Ana. —Juan se fue acercando sin prender la luz, sabía que ese juego terminaría en algo mejor. La abrazó por la espalda y le besó el cuello. Corrió las cortinas y giró a Ana para besarla mejor. Pero ella no tenía facciones, era como el esbozo de su cara, hecha con pintura negra. Juan soltó las flores que se habían marchitado súbitamente en sus manos, y quiso escapar, pero dio tres pasos hacia la puerta y un enorme abrazo por la espalda lo frenó. Intentó gritar, pero no pudo; y como si fuera una pupa o una tela en blanco, esperó inmóvil, latiendo hasta el límite, tratando de mantener en vano sus propios colores que, ya desvanecidos, esbozaban otra obra sombría.


Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

LA NOCHE DE WALPURGIS